Por: Pedro Martìnez Coronilla
Cada año, tras los destellos efímeros de las fiestas decembrinas, se habla de la famosa “cuesta de enero”. Se la presenta como un bache temporal, un resacón financiero tras el gasto festivo. Sin embargo, mirar el fenómeno como un problema de administración personal o de un mes malo es un error de diagnóstico profundo.
La información actualizada para 2026, lejos de mostrar mejorías, confirma que lo que vivimos no es una cuesta, sino un abismo permanente en el que se debate la economía de las mayorías. La “cuesta de enero” es, en realidad, la pendiente escarpada de un sistema económico que ha normalizado la precariedad.
Los datos desnudan la ilusión de la recuperación. Si bien la Asociación de Bancos de México reporta que el financiamiento a los hogares supera los 5.8 billones de pesos a finales de 2025, este crecimiento no indica prosperidad, sino dependencia crediticia forzada.
La deuda no es un instrumento de crecimiento para las familias, sino un salvavidas de plomo para sobrevivir. La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera 2025 revela que la percepción de un salario necesario para vivir sin deudas se ha elevado a más de 19,500 pesos mensuales, mientras que el porcentaje de trabajadores que gana menos de dos salarios mínimos (ajustados a la inflación) se mantiene por encima del 48%.
Es decir, casi la mitad de la fuerza laboral ni siquiera se acerca al ingreso que ella misma considera mínimo para la subsistencia digna. El endeudamiento “alto o excesivo” ya no es una anomalía; es un síntoma crónico.
El corazón del problema late en el mundo del trabajo, el déficit de empleo, esa métrica crucial que suma desempleo abierto, desempleo extendido (personas disponibles pero no buscando activamente) y subocupación, se mantiene en niveles críticos.
Para finales de 2025, esta cifra consolidada ronda los 13 millones de personas. Detrás de este número hay una realidad desgarradora: el desempleo abierto (aquellos que buscan activamente) es solo la punta del iceberg.
Debajo yace un océano de desaliento: millones en la “población inactiva disponible”, personas que han dejado de buscar ante la falta de oportunidades, y otros millones más en la subocupación, atrapados en empleos de jornadas reducidas que no les permiten salir de la pobreza. Son trabajadores a tiempo parcial con necesidades de tiempo completo.
Ante este panorama, la narrativa del “mal administrador” que se gasta su aguinaldo en diciembre y sufre en enero resulta no solo insuficiente, sino cínica. Las familias no se “descontrolan” en diciembre; se aferran a un breve periodo de aparente normalidad y consumo antes de regresar a la cruda realidad de salarios de hambre, empleo inestable y precios en ascenso. La “cuesta” es la reincorporación a la normalidad de la crisis.
La autoempleación, a menudo celebrada como emprendedurismo, se revela frecuentemente como un refugio desesperado ante la falta de opciones formales, una economía de subsistencia bajo el constante acecho de la informalidad y la represión regulatoria.
Por ello, es imperativo dejar de medicalizar el síntoma (el gasto de diciembre) y atender la enfermedad (el modelo económico).
Se requiere una brújula política que apunte con decisión hacia dos polos irrenunciables: la generación masiva de empleos formales y estables, y el establecimiento de salarios dignos que, por ley, superen el valor de la canasta familiar y se ajusten periódicamente a la realidad. Esto implica políticas industriales, de fomento económico y de derechos laborales que hoy brillan por su ausencia o su tibieza.
Mientras tanto, la clase trabajadora enfrenta una disyuntiva histórica. La atomización, el sálvese quien pueda, solo perpetúa su vulnerabilidad.
La organización colectiva, la construcción de frentes amplios que trasciendan el centro de trabajo y se planteen en los barrios y las comunidades, no es una opción romántica, sino una necesidad de supervivencia. Es la única fuerza capaz de disputar la distribución de la riqueza y torcerle el brazo a la lógica que sacrifica el bienestar en el altar de la ganancia.
La verdadera “cuesta de enero” de 2026 es la cuesta de todo el año, de todos los años recientes. Superarla no requerirá solo de ajustes presupuestales familiares, sino de una transformación profunda que devuelva al trabajo su dignidad y a las familias la posibilidad de una vida que no esté permanentemente en crédito, en carencia o en riesgo.
El tiempo de los diagnósticos complacientes se acabó. Lo que sigue es la exigencia y la construcción colectiva de un futuro donde enero no sea sinónimo de desesperanza, sino el inicio de un año con horizontes verdaderamente nuevos.







