#Opinión // Buenos deseos de inicio de año y la lucha social

enero 9, 2026

Por: Noel González Jiménez

Con el inicio de un nuevo año, millones de familias mexicanas levantan la mirada y, casi sin darse cuenta, repiten los mismos deseos que han acompañado a la humanidad desde siempre: salud para los suyos, un empleo estable, un ascenso que mejore el ingreso, que nunca falte la comida en la mesa, poder comprar una vivienda propia, un vehículo que facilite la vida diaria, terminar una carrera profesional o, simplemente, tener la oportunidad de viajar y conocer otros lugares. Son anhelos legítimos, profundamente humanos, que hablan del deseo de vivir mejor y con dignidad.

Sin embargo, basta con salir a la calle, escuchar las noticias o mirar con atención la realidad que nos rodea para que esos buenos deseos choquen de frente con un país marcado por profundas desigualdades sociales, económicas y culturales. En México, soñar parece fácil; lo difícil es convertir esos sueños en una realidad tangible para la mayoría de la población.

La salud, por ejemplo, dejó de ser un derecho garantizado para convertirse en una moneda de cambio. Miles de familias viven con el temor constante de enfermar, no solo por el riesgo que implica la enfermedad, sino por la certeza de que el sistema de salud pública no siempre tiene médicos, medicamentos ni infraestructura suficientes. El empleo, otro de los grandes deseos de inicio de año, es cada vez más precario: largas jornadas, bajos salarios, contratos temporales y la amenaza constante del desempleo forman parte de la vida cotidiana de millones de trabajadores.

Aspirar a una vivienda digna se ha vuelto, para muchos jóvenes y familias, un sueño casi inalcanzable. Los precios de las casas y los créditos hipotecarios contrastan con salarios que no crecen al mismo ritmo. Lo mismo ocurre con la canasta básica, que sube de precio de manera constante, obligando a las familias a hacer malabares para estirar el gasto y sacrificar necesidades básicas.

En este contexto, hay quienes han tenido que modificar sus deseos personales por otros de carácter profundamente social. Ya no se pide un ascenso o un viaje; se pide algo mucho más urgente y doloroso: que aparezca un familiar desaparecido, que se termine la violencia que azota comunidades enteras, que los políticos dejen de ser corruptos, que las carreteras dejen de ser trampas mortales, que el precio de los alimentos se mantenga estable, que las escuelas cuenten con baños dignos, agua y luz, que los hospitales tengan medicinas y personal suficiente.

Este cambio en los deseos no es casual, es el reflejo del hartazgo de miles de mexicanos que han visto cómo sus aspiraciones individuales se ven aplastadas por una realidad que no les ofrece condiciones mínimas para desarrollarse plenamente. Cuando una madre desea que su hijo regrese con vida a casa o que su comunidad deje de vivir bajo el miedo, queda claro que algo profundo está fallando en el rumbo del país.

La realidad que se vive hoy en México es preocupante, la violencia, la desigualdad, la pobreza y la corrupción no son problemas aislados; son parte de un sistema que ha normalizado la exclusión de las mayorías. En este escenario, los sueños de millones de ciudadanos se quedan, tristemente, en eso: en sueños que se repiten cada enero, pero que pocas veces encuentran el camino para hacerse realidad.

Pero soñar no es un error, al contrario, soñar es necesario. Lo que no se vale es soñar de manera pasiva, esperando que alguien más resuelva lo que nos afecta a todos. Los sueños solo tienen sentido si existe la disposición de luchar por ellos, de convertirlos en una causa colectiva y no únicamente individual.

Por ello, el Movimiento Antorchista hace un llamado claro y firme a toda la población: es momento de organizarse, de unirse con los vecinos, con los compañeros de trabajo, con quienes comparten la misma realidad. Solo la organización y la lucha consciente permiten transformar los deseos en derechos y las aspiraciones en conquistas sociales.

La historia demuestra que ningún cambio verdadero ha llegado como regalo. La jornada laboral, la educación pública, el acceso a servicios básicos y muchas de las libertades actuales fueron producto de la lucha organizada de los pueblos. Hoy no es diferente. Solo unidos, como hermanos de clase, se puede aspirar a construir una sociedad más justa, donde el bienestar no sea privilegio de unos cuantos, sino un derecho para todos.

Soñar es válido. Desear una vida mejor es legítimo. Pero este nuevo año debe recordarnos que los sueños no se cumplen solos. Se construyen con organización, con conciencia y con lucha, hasta lograr un país donde el hombre pueda vivir sin llorar y donde, por fin, se pueda vivir plenamente.