#Opinión // El espejismo de diciembre y el despertar de enero

enero 9, 2026

Por: José Emilio Soto

Cada año, el calendario nos conduce, con una puntualidad casi cruel, por un ciclo económico y emocional profundamente arraigado en nuestra sociedad. Once meses transcurren con sus ritmos, preocupaciones y austeridades relativas. Pero llega diciembre y, como por arte de un conjuro colectivo, el aire se carga de una algarabía distinta.

Las luces, los villancicos y una narrativa omnipresente de felicidad obligatoria sirven de telón de fondo a un ritual moderno: el consumo desenfrenado. Sin embargo, esta curva ascendente, impulsada por ilusiones y tarjetas de crédito, tiene un inevitable y doloroso descenso: la temida cuesta de enero.

Ese primer mes del año se convierte en el gran despertador, el pagador de los platos rotos de la fiesta. Las sonrisas forzadas en las fotografías navideñas se esfuman ante los extractos bancarios y las letras pequeñas de los créditos que, otorgados a diestra y siniestra en diciembre, ahora claman su parte.

Lo que en un arrebato de merecimiento o de falsa abundancia futura se justificó con un “lo pagamos en abonos chiquitos”, se transforma en una losa sobre el presupuesto familiar. La nostalgia del reencuentro es rápidamente suplantada por la angustia financiera.

Mientras, las grandes cadenas comerciales, indiferentes a este drama particular, ya han reciclado sus campañas, ofreciendo ahora “soluciones” para las deudas o promocionando las “ofertas de enero”, en un bombardeo publicitario que no conoce tregua.

Frente a este panorama, surge la pregunta incómoda: ¿es tan indispensable este torbellino de gasto? La respuesta lógica, la que escuchamos en nuestro interior más sensato, es un no rotundo. Sin embargo, bajo el peso de una maquinaria cultural y mediática que ha logrado vincular el afecto con el valor monetario del regalo, y la felicidad familiar con la capacidad de consumo, esa respuesta queda ahogada.

Se ha establecido una peligrosa ecuación donde a mayor gasto, mayor demostración de amor y unidad. Es aquí donde debemos detenernos y recapacitar.

La verdadera reflexión no es solo financiera; es social y profundamente humana, estamos inmersos en un sistema capitalista cuya lógica primordial es la creación constante de necesidades. La publicidad no vende productos; vende estilos de vida, status y, de manera perversa, vende la idea de que la plenitud se alcanza mediante la adquisición.

Nuestras mentes, plagadas de estos estímulos, anhelan objetos que, en un análisis frío, poco tienen que ver con nuestras necesidades básicas o con el fomento genuino de los lazos humanos. La felicidad que proporciona un objeto nuevo es efímera, momentánea, y a menudo sirve solo para tapar, por un instante, vacíos o ansiedades que no se resuelven en un centro comercial.

En esta carrera, hemos relegado lo esencial. ¿Dónde quedó el valor supremo de saber que todos están completos, sanos, reunidos? ¿Dónde la satisfacción del desarrollo intelectual compartido, de la conversación sincera, del tiempo regalado sin intermediarios materiales? La unidad familiar y social no debe medirse por el brillo del papel de regalo, sino por la calidad de la presencia, por el apoyo mutuo y por la construcción de memorias que no tengan una etiqueta de precio.

Este 2026 nos enfrenta, además, a una realidad cruda que agudiza esta contradicción. En un contexto donde la supervivencia diaria y el bienestar común son retos mayúsculos, y donde temas críticos como la salud pública muestran graves deficiencias, la frivolidad del gasto compulsivo navideño no solo es un error individual, sino un síntoma de un desorden colectivo. La cuesta de enero no es un fenómeno meteorológico inevitable; es la consecuencia directa de unas prioridades distorsionadas.

Por ello, el llamado es a una doble toma de conciencia. Primero, la personal: ejercer un consumo crítico y responsable, comprando solo lo indispensable y desvinculando el afecto de la obligación material. Y segundo, la colectiva: entender que los problemas económicos que sufrimos en enero no están aislados.

Son el reflejo de un modelo que prioriza el consumo sobre el bienestar, la deuda sobre la planificación y la posesión sobre el ser. La verdadera unidad, tanto familiar como comunitaria, debería manifestarse en la organización y la exigencia de soluciones estructurales a un sistema que nos incentiva a gastar hoy para sufrir mañana.

Superar la cuesta de enero no significa solo saldar deudas; significa, sobre todo, saldar cuentas con nosotros mismos y con la idea de felicidad que hemos permitido que nos vendan. El camino hacia una sociedad más sana empieza por romper ese hechizo diciembre-enero y recuperar el significado de lo que realmente vale la pena celebrar, y preservar, durante todos los meses del año.