Por: Noel González Jiménez
Lo que está ocurriendo en la frontera norte respecto al cierre de maquiladoras y, por ende, al despido de miles de trabajadores, es algo que nos debe preocupar y ocupar, la realidad está exigiendo que recordemos las luchas encabezadas por los obreros a lo largo de la historia y su impacto en la vida de millones de hombre y mujeres.
Pues bien, para empezar, hay que recordad que cada derecho laboral que hoy parece cotidiano fue, en realidad, una conquista arrancada a la fuerza. Nada fue concesión generosa de los patrones ni fruto de la buena voluntad de los gobiernos. La jornada de ocho horas, el descanso semanal, el salario mínimo, la seguridad social, las vacaciones, el derecho a sindicalizarse: todo se ganó en huelgas, marchas, persecuciones, cárceles y funerales. Detrás de cada contrato colectivo hay nombres anónimos que resistieron la represión y, en demasiados casos, dejaron la vida en la fábrica o en la calle. La clase obrera aprendió, desde sus orígenes, que la dignidad no se implora: se conquista.
Desde las primeras luchas de los obreros textiles en Inglaterra hasta los mártires de Chicago en 1886, la historia del movimiento obrero está escrita con sacrificio. Aquellos trabajadores que exigieron “ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para vivir” fueron reprimidos con violencia, pero sembraron una semilla que cambiaría al mundo. En México, Cananea y Río Blanco mostraron que el régimen porfirista prefería las balas antes que reconocer derechos básicos. Y, sin embargo, esas derrotas parciales se transformaron en victorias históricas que dieron forma al artículo 123 constitucional. Así ha sido siempre: cada avance ha sido precedido por la organización y la lucha colectiva.
Hoy la realidad no es distinta, el cierre de maquilas en el norte del país ha dejado a miles de familias en la calle. Plantas que durante años exprimieron la fuerza de trabajo, que presumieron productividad y exportaciones récord, ahora bajan la cortina sin responsabilidad social, sin garantías, sin un plan para quienes dedicaron su vida a esas líneas de ensamblaje. De un día para otro, hombres y mujeres quedan sin salario, sin seguro médico, sin certeza de cómo pagar la renta o poner comida en la mesa. La precariedad no es una estadística: es un refrigerador vacío, una receta médica que no se puede surtir, hijos que preguntan qué pasará mañana.
A esto se le suma la indiferencia del gobierno en turno, quien maneja una política económica que celebra los indicadores macro e ignora a las personas de carne y hueso. Gobiernos que hablan de inversión extranjera y competitividad, pero que no miran a los trabajadores despedidos. Se les trata como piezas reemplazables, no como ciudadanos con derechos. Esta indiferencia condena a miles a la informalidad, a empleos temporales y mal pagados, o a la migración forzada. Es la misma lógica de siempre: las ganancias se privatizan, las pérdidas se socializan.
Frente a este panorama, conviene recordar las palabras de quienes pensaron la historia desde el lado de los oprimidos. Marx y Engels señalaron que la emancipación de la clase trabajadora solo puede ser obra de la propia clase trabajadora. Nadie vendrá a rescatar al obrero si el obrero no se organiza. Lenin insistía en la necesidad de una vanguardia consciente, capaz de transformar el descontento disperso en fuerza organizada. No se trata solo de protestar, sino de construir poder colectivo, de tejer sindicatos reales, democráticos y combativos, de articular demandas claras y sostenerlas con disciplina y solidaridad.
Porque aislado, el trabajador es vulnerable; unido, es una fuerza histórica. La empresa puede despedir a uno, pero tiembla cuando miles levantan la voz. La historia lo demuestra: las conquistas nacen cuando la indignación se convierte en organización. Cuando la rabia se transforma en estrategia. Cuando el miedo se sustituye por solidaridad.
Este es, entonces, un llamado a los obreros del norte y de todo México. A no resignarse. A no aceptar como destino la miseria. A reconocerse como lo que son: la columna vertebral de la economía, quienes generan la riqueza de este país con sus manos. Sin ustedes no se mueve una máquina, no sale un producto, no hay exportación posible. Si alguien tiene derecho a decidir el rumbo del país, son ustedes.
Organícense en sus centros de trabajo, formen comités, exijan transparencia sindical, construyan alianzas con otras fábricas y colonias. Defiendan cada derecho y luchen por los que aún faltan. Levanten la voz por salario digno, estabilidad laboral, seguridad social y respeto. No es un favor lo que piden: es justicia.
La clase obrera debe ser la antorcha que ilumine el camino de toda la clase trabajadora. En sus manos está el futuro de México. Y que nadie lo olvide: los pobres de este país estamos con la lucha obrera. Cuando los trabajadores se levantan, la historia avanza. Cuando se organizan, el miedo cambia de bando. Y cuando luchan por su dignidad, luchan por todos.







