#Opinión // El deporte como trinchera de humanidad

marzo 4, 2026

Por: Pedro Martínez Coronilla

En un México donde la lógica del capital todo lo impregna, la discusión pública suele girar en torno a macroeconomía, reformas estructurales o índices de violencia. Rara vez nos detenemos a reflexionar sobre el fin último del modelo económico que nos rige y su impacto en la esencia del ser humano.

Pero esto nos confronta con una realidad incómoda: en el capitalismo, el trabajador no es un fin, sino un medio. Es “mano de obra”, una pieza desechable en el engranaje de la producción, valorada únicamente por su capacidad de generar plusvalía.

Esta perspectiva, que el análisis marxista denuncia con crudeza, no es una teoría abstracta; se traduce en políticas públicas y en una jerarquización de valores sociales. Si lo único que importa es la producción, ¿qué lugar ocupan entonces la cultura, la educación crítica o el deporte?

La respuesta es evidente: un lugar secundario, mercantilizado o, en el peor de los casos, inexistente para las mayorías. Los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024, que revelan que los mexicanos dedicamos casi 60 horas a la semana al trabajo —más de la mitad no remunerado—, son la prueba fehaciente de una vida desbalanceada, donde el tiempo para el florecimiento personal es un lujo que pocos pueden pagar.

Frente a esta realidad deshumanizante emerge una propuesta que, guste o no, plantea una alternativa radical: el Movimiento Antorchista y su XXII Espartaqueada Deportiva Nacional. Es innegable que la apuesta por el deporte de masas constituye un acto de profunda rebeldía contra la lógica imperante.

Mientras el Estado, de cualquier partido, recorta el presupuesto a la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), reduciéndolo a niveles de hace más de diez años, Antorcha moviliza a más de 30 mil atletas de los rincones más humildes del país.

Lo que ocurre en Tecomatlán del siete al quince de marzo no es, por tanto, una simple competencia; es una declaración de principios. Es la evidencia viva de que el pueblo organizado puede suplir las omisiones del gobierno y reivindicar el deporte como un derecho, no como un privilegio de clases medias con acceso a membresías de gimnasios.

Al hacerlo, Antorcha desafía la narrativa dominante que nos quiere “mansos, ignorantes y divididos”, y propone, en cambio, la formación de un “hombre nuevo”: una persona con “mente rápida, ligera, capaz de tomar decisiones”, con carácter, perseverancia y solidaridad.

Esta visión no es ingenua; el deporte, como herramienta pedagógica, forja disciplina, enseña a trabajar en equipo, a ganar y a perder con dignidad, a respetar reglas y a luchar por un objetivo común. En una sociedad fragmentada por la competencia salvaje del mercado y la desconfianza, la cancha de futbol o la pista de atletismo pueden convertirse en escuelas de ciudadanía.

El origen griego de estas justas, donde la competencia atlética era también una preparación para la vida en comunidad y un instrumento para sellar la paz entre pueblos en conflicto, es un ideal que contrasta brutalmente con un presente donde el gasto en seguridad y cuerpos represivos se multiplica, mientras se abandona la inversión en el tejido social.

Por supuesto, el objetivo final de Antorcha no es sólo tener jóvenes sanos, sino construir una sociedad “justa y equitativa” donde los trabajadores detenten el poder. Detrás de los miles de jóvenes como Miguel, hijo de campesinos, o Juan, hijo de obreros, que han encontrado en estas Espartaqueadas un espacio de superación, hay una necesidad real y desatendida.

El gobierno actual, que se autodenomina “humanista mexicano” y el “segundo piso de la transformación”, parece no ver en el deporte esa herramienta de transformación integral que pregona.

Los recortes a la Conade y el abandono del deporte comunitario son síntomas de una miopía que confunde lo social con lo asistencial, y que privilegia el espectáculo masivo sobre la formación de base.

La XXII Espartaqueada Deportiva Nacional es un espejo incómodo para el poder y para la sociedad; muestra lo que podría ser un país que invirtiera en el desarrollo pleno de sus ciudadanos y nos confronta con la realidad de un Estado ausente.

Más que un torneo, es una trinchera donde se libra una batalla silenciosa pero fundamental: la batalla por la dignidad humana, por el derecho a soñar y a construir, desde el sudor y el esfuerzo colectivo, un futuro donde el ser humano valga más que su capacidad de producir.

Y en esa trinchera hay lecciones que todos deberíamos atender.