Por: Marco Aquiáhuatl
Las agresiones cruentas de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán han recurrido a una narrativa maniquea que presenta al gobierno de Irán como la encarnación pura del mal, mientras los gobiernos de Donald Trump y Benjamín Netanyahu se erigen como salvadores. Trump, conocido por sus políticas migratorias brutales que han incluido separación familiar masiva, detenciones en condiciones inhumanas y retórica xenófoba contra trabajadores migrantes, ha sido vinculado reiteradamente al escándalo de Jeffrey Epstein: documentos desclasificados del Departamento de Justicia (2025-2026) lo mencionan miles de veces, incluyen referencias a su amistad pasada con el depredador sexual y contienen acusaciones investigadas por el FBI de abuso sexual a menores en las décadas de 1980 y 1990.
Por su parte, Netanyahu, líder de ultraderecha, enfrenta una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (vigente en 2026) por crímenes de guerra y contra la humanidad en Gaza, incluyendo el uso de la hambruna como método de guerra, ataques intencionales contra civiles, asesinato, persecución y actos inhumanos. Estos cargos se sustentan en evidencia recopilada por instancias internacionales (ONU, CPI, observadores independientes), que documentan bloqueo prolongado de agua potable y ayuda humanitaria, hostigamiento sistemático, tortura a manifestantes y matanzas masivas de niños y mujeres palestinos. ¿Cómo pueden estos líderes, con récords tan gravemente cuestionados por violaciones a los derechos humanos en sus propias esferas de influencia, presentarse ahora como defensores de la libertad y la dignidad del pueblo iraní?
Si lo anterior no bastara para desenmascarar las verdaderas motivaciones, tanto Estados Unidos como Israel han insistido incansablemente en promover la idea de que el gobierno iraní persigue el enriquecimiento de uranio con fines militares, presentándolo como una amenaza inminente. Sin embargo, esta acusación choca con evidencias contradictorias: Irán ha participado en múltiples rondas de inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA). El propio ayatolá Ali Khamenei, mientras vivía, emitió una fatwa religiosa (decretada en los años 2000 y reiterada públicamente) que declara prohibidas la producción, almacenamiento y uso de armas nucleares bajo el Islam. En contraste, la amenaza nuclear comprobada en la región proviene precisamente de Israel: un arsenal estimado en 90 ojivas (no declarado oficialmente, fuera del Tratado de No Proliferación Nuclear y sin inspecciones IAEA), lo que genera una asimetría flagrante ignorada por los atacantes.
En este sentido, resultan ridículos los argumentos que pretenden enmarcar esta intervención como una especie de “guerra santa” moderna, donde supuestos valores cristianos se enfrentan a “infieles” islamistas fanáticos. Esta propaganda se apoya en una islamofobia barata que reduce una religión con más de 2,060 millones de fieles (según estimaciones globales al 2026) a estereotipos extremistas y terroristas inherentes. En realidad, esta estirpe de intolerancia es heredera de la misma lógica que sustentó la Santa Inquisición o el fanatismo que, en nombre de Dios, justificó el exterminio de comunidades negras e indígenas en el pasado.
Más absurda aún es la pretensión de que la maquinaria bélica estadounidense actúa motivada por un celo democrático contra un gobierno teocrático. Si el objetivo fuera realmente la «liberación» frente al oscurantismo religioso, esos esfuerzos se dirigirían con igual o mayor contundencia hacia Arabia Saudita. El reino saudí sostiene un régimen wahabí que impone una tutela masculina asfixiante y ha ejecutado en Yemen una de las campañas militares más sanguinarias del siglo XXI —marcada por el uso deliberado del hambre como arma y crímenes de guerra ampliamente documentados por la ONU y Human Rights Watch—. Sin embargo, Riad jamás enfrenta sanciones ni «intervenciones humanitarias»; por el contrario, es blindada como un aliado estratégico, proveedor clave de petróleo y comprador masivo de armamento.
Finalmente, si alguien acusa a Irán de ser una potencia que fomenta el extremismo islámico, hay que recordar las pruebas documentadas de que EE.UU. financió indirectamente a los precursores de grupos yihadistas modernos durante la Guerra Fría. La Operación Cyclone de la CIA (1979-1989) canalizó miles de millones de dólares y armas a los mujahideen afganos contra la URSS, con distribución a través de los servicios paquistaníes (ISI) y apoyo saudí. Este “blowback” histórico desmonta la hipocresía: Occidente condena a Irán por respaldar al “eje de resistencia” (Hezbolá, hutíes, etc.), pero olvida convenientemente su propio rol en armar islamistas radicales cuando convenía geopolíticamente contra la URSS.
Demonizar a Irán por su no alineación mientras se toleran o financian abusos aliados revela que la intervención actual no responde a principios universales de derechos humanos o no proliferación, sino a intereses geopolíticos, control de recursos y contención de rivales como China.
En términos geopolíticos, el Estado iraní representa una anomalía para el imperialismo: un régimen que ha sostenido una política exterior de no alineación absoluta en una región históricamente tutelada por Occidente. Para entender esta postura, es clave remitirse a la Revolución Islámica de 1979, que no fue un mero arrebato religioso, sino la culminación de una catarsis nacionalista ante décadas de intervencionismo. El golpe de la CIA en 1953 (Operación Ajax) que restauró al sah Mohammad Reza Pahlavi simbolizó la soberanía humillada, convirtiéndose en el motor definitivo del rechazo iraní a las potencias occidentales.
Un factor clave en la fisonomía actual de Teherán radica en la naturaleza de su liderazgo fundacional. A diferencia de otros procesos del Sur Global, donde vanguardias de izquierda capitalizaron el antiimperialismo, en Irán las fuerzas nacionalistas islámicas bajo Ruhollah Jomeini hegemonizaron el proceso. Aunque sectores socialistas y comunistas fueron aliados tácticos en la caída de la monarquía, su incapacidad para articular una identidad nacional tan arraigada como la del clero chiita permitió que el nuevo Estado adquiriera un carácter teocrático, pero estrictamente no imperialista y soberanista.
Esta configuración nacionalista explica por qué Irán percibe la presión de Occidente no como una discrepancia diplomática, sino como una amenaza existencial. La política exterior de Teherán está cimentada en la memoria histórica: desde el derrocamiento de Mosaddeq hasta el apoyo occidental a la invasión a Irán de Saddam Hussein en los años ochenta, pasando por el sabotaje de su infraestructura civil y el asesinato selectivo de sus científicos; y desde luego, décadas de sanciones económicas y medidas políticas para crear inestabilidad interna por parte de Occidente. Para el mando iraní, la desconfianza no es paranoia; es una lectura pragmática de un historial de agresiones que busca su desarticulación como potencia regional.
A esta dimensión histórica se suma la importancia estratégica energética de Irán. El país posee las terceras reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, con aproximadamente 208-209 mil millones de barriles (alrededor del 11-13% del total global, según estimaciones EIA y OPEC actualizadas a 2025-2026), y las segundas de gas natural, con cerca de 1,200 billones de pies cúbicos (~34 billones de metros cúbicos, o ~16-17% mundial). Además, controla el Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo y ~25% del gas natural licuado (LNG) mundial. Su plena reintegración al mercado global sin sanciones podría reconfigurar flujos energéticos, reducir precios y fortalecer la influencia de China, que absorbe más del 80% de las exportaciones iraníes de crudo (representando ~10-13% de las importaciones totales chinas en 2025-2026).
Recordemos que, aunque la consigna fundacional «Ni Este ni Oeste, República Islámica» propugnaba neutralidad durante la Guerra Fría, tras la caída del socialismo real y el avance implacable del neoliberalismo (que coincidió con el empoderamiento agresivo de Occidente y de Israel en la región), Irán se ha acercado progresivamente a intereses geopolíticos coincidentes con Rusia y China. Con Rusia, la alianza es diplomática y militar: cooperación estrecha en inteligencia, contención de fuerzas hostiles occidentales y lucha contra el terrorismo. Con China, predomina la dimensión económica: Irán ocupa un puesto privilegiado en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road), como nodo clave para conectar Asia, África y Europa mediante redes de infraestructura, comercio e influencia.
Esta convergencia explica por qué el incremento de hostilidades bajo Donald Trump responde, en buena parte, a presiones de élites económicas estadounidenses conscientes de la severa competencia con China. Analistas destacan el estancamiento relativo de EE.UU. frente al ascenso chino, en un escenario que algunos describen como «Trampa de Tucídides»: la pugna por la hegemonía podría culminar en confrontación militar, aunque no inmediata, sí como algo estructuralmente inminente.
De allí que las acciones militares actuales imperialistas parezcan cínicas: evidencian que el derecho internacional es papel mojado al servicio de los poderosos, sin reparo humanitario genuino. El debilitamiento de Irán no persigue fines democráticos, ni humanitarios, como la destrucción de hospitales, escuelas para niñas o campos de refugiados lo demuestra, sino afianzar el control energético para esta pugna global. En última instancia, esta flagrante agresión de las potencias occidentales contra Irán representa el recurso desesperado de un imperio en declive para frenar la transición hacia un orden multipolar. La maquinaria propagandística fabrica prejuicios maniqueos que ocultan la realidad cruda: defender el mundo unipolar equivale a consolidar el poder de una élite económica a expensas de miles de millones de trabajadores. Resulta paradójico que, en una era con condiciones económicas sobradas para garantizar la satisfacción plena de todas las familias, el capital opte por la destrucción para preservar su tasa de ganancia.
Para México y el resto de América Latina, este suceso constituye una alerta existencial: la historia demuestra que la violencia, la desarticulación sanitaria y el genocidio que hoy presenciamos a distancia pueden replicarse en nuestras comunidades si permitimos que el derecho internacional se convierta en ficción. La defensa de Irán no es la defensa de un régimen, sino la resistencia contra un modelo donde la vida humana es sacrificable en el altar de la acumulación milmillonaria. Si hoy guardamos silencio ante el asedio de ellos, mañana no habrá quién alce la voz por nosotros.







