Por: Alejandro Salazar (Responsable de la FNERRR en Chihuahua)
Mucho se ha dicho sobre Walt Whitman, y con justa razón. Nacido en West Hills en 1819 y fallecido en Camden en 1892, fue un poeta y periodista estadounidense, precursor del verso libre moderno en EEUU. Se le reconoce fundamentalmente por su obra Leaves of grass (Hojas de hierba) publicado en 1855 que, posteriormente y tras varias ediciones, se ha convertido en uno de los poemarios más influyentes de la literatura Occidental.
Antes de entrar de lleno al tema, debo decir, a modo de anécdota; que mi primer acercamiento a su obra no fue del todo cautivante, pero no fue por culpa de la obra en sí, sino porque en aquellos momentos de mi adolescencia carecía de conocimientos suficientes para valorar correctamente dicho trabajo y, dígase de paso, muchas obras literarias. ¿Por qué menciono esto? Para reiterar a mis compañeros fenerianos, amigos y amigas -que alguno seguramente leerá este pequeño trabajo, aunque sea por accidente- que no desistan en el ejercicio tan bello y necesario de la lectura. Que lean mucho y lo que les guste en demasía, como decía Borges.
Justificar ese llamado fraterno amerita por sí solo otro artículo, pero nuestra tarea como líderes estudiantiles es siempre llamar a la juventud mexicana para que forme una gran consciencia revolucionaria a través de la lectura de las obras científicas y literarias.
Bien, decía yo que mi primera impresión de la obra de Whitman no había sido grata del todo y eso perduró hasta hacía poco. A mis manos llegó «Walt Whitman: un saludo al mundo y otros poemas» (1997), prologado, seleccionado y traducido por el gran Carlos Montemayor. ¿Cuál es la esencialidad de la poesía de Whitman, cuál es su mérito filosófico y literario?
Respecto al componente filosófico, la obra whitmaniana se caracteriza fundamentalmente por haber superado -intuitivamente, me atrevo a decir- las limitaciones del pensamiento metafísico y la concepción dual del sujeto-objeto que predominaban en la época. Me explico un poco más: recordemos que Whitman es contemporáneo de Marx. Durante la primera mitad del siglo XIX, predominaban las concepciones de los filósofos metafísicos de Occidente. Al analizar el proceso cognitivo, es decir, el proceso de conocer la realidad, implementaban una metodología enraizada en la lógica formal, con una perspectiva dual y estricta. Los metafísicos diferenciaban claramente el papel del objeto (la realidad material que se puede llegar a conocer) y el del sujeto (el ser humano que la quiere conocer).
Así, el conocimiento era descrito como los esfuerzos mentales del sujeto para entender al objeto. Esta manera de analizar la realidad contiene una dificultad fundamental, ya que implica una separación artificial entre el sujeto y el objeto. Para conocer la realidad con la mente, es necesario reducirla a conceptos lógicos que el pensamiento pueda asimilar y reproducir.
Precisamente, aquí radica el mérito filosófico de la obra de Whitman que, aunque no fue elaborada con rigor científico, intuitivamente ofrece una superación al problema señalado: el sujeto -es decir, el ser humano- que intenta conocer es, al mismo tiempo, objeto de conocimiento. El hombre no está hecho de algo distinto a la materia que desea conocer, sino que es parte de esa materia.
Así, los versos de Whitman se revelan como un eco vivo y vibrante de la naturaleza, una extensión de esta misma vida que se cuestiona, dibuja símbolos, reconoce el movimiento, el cambio y la esencialidad habida en todos los seres del universo.
En Me Imperturbe (Yo, sereno) dice:
(…) viviendo como hombre de río,
de bosque/o de cualquier
tipo de zona rural de estos Estados,
o hacia/la costa o los lagos de Canadá,
donde esté quiero seguir inconmovible ante las/contingencias:
enfrentar noches, tormentas, hambre,
ridículo, accidentes, desprecios, como/
los árboles y los animales.
El sujeto se asimila como universal, habitando demarcaciones geográficas y sin diferenciación real de lo que habita en la naturaleza. Sentencia querer ser lo que es, materia: algo que no se crea ni se destruye, que se transforma y sigue inconmovible pese a las vicisitudes de la propia vida.
En Song of myself parte I:
Reposa conmigo en la hierba,
arroja lo que abstruya/tu garganta,
no quiero palabras, música ni versos,
no quiero/lo acostumbrado ni altas
disertaciones,
sólo quiero el arrullo de tu voz
entre tus labios cerrados,
el melodioso susurro de tu voz así/ guardada.
A priori, se lee un cortejo romántico dedicado a una mujer hermosa, sin embargo, este llamamiento evoca a la vida para que esta nutra al hombre y le permita seguir su marcha sobre la tierra.
Finalmente, en Song of myself parte X:
Subo uno tras otro y detrás de mí
los fantasmas se doblegan:
muy abajo distingo la inmensa
Nada primigenia:
sé que estuve ahí alguna vez,
que invisible esperé, durmiendo
en esa letárgica niebla;
que estuve en calma
y sin que me dañara el fétido
carbono.
Me abrazó estrechamente largo,
largo tiempo esa inmensidad.
Innumerables fueron los preparativos
para que yo estuviera aquí,
fieles y amistosos fueron
los brazos que me ayudaron.
De manera sublime, se reafirma que el hombre es producto de la evolución histórica de la materia y que esta dio como fruto al hombre. Sentencia el último verso de la estrofa:
Y ahora estoy aquí con mi alma robusta.
La obra de Whitman se caracteriza por su lenguaje simple, funcional, popular, casi prosaico, en la cual el hombre se reconoce como extensión de la materia, que desea conocerse a sí misma y a la materia circundante. Una lectura que sin lugar a dudas nos reivindica espiritualmente frente a un sistema productivo que pervierte y conflictúa, indudablemente, la relación del hombre con su entorno.







