#Opinión // Dependencia alimentaria: el maíz como talón de Aquiles de México

abril 27, 2026

Por: José Emilio Soto

México vive una contradicción insostenible: mientras los precios de frutas, verduras y productos básicos no dejan de presionar la inflación, quienes los producen, es decir, las y los jornaleros agrícolas, sobreviven en una precariedad laboral que avergüenza a cualquier nación que aspire al desarrollo.

La misma mano que siembra el jitomate que subió 126 % anual no tiene acceso a seguridad social, licencia de maternidad ni un salario digno.

En un reciente Foro titulado «Sembrar el derecho a la seguridad social para las personas jornaleras agrícolas», mujeres originarias de Guerrero, Sonora, Michoacán y Sinaloa fueron contundentes: «No tenemos margen para enfermarnos o ser madres. Trabajamos hasta el último día antes del parto porque no tenemos de otra». Esa frase no es un lamento; es una condena estructural.

El campo mexicano sigue funcionando bajo una lógica de extracción de fuerza de trabajo sin responsabilidad laboral alguna.

Los números son brutales, de acuerdo con los datos de Inegi reporta que 62.7 millones de personas, es decir, 48.2 % de la población, carecen de seguridad social. En el sector agrícola, la Alianza Campo Justo eleva la cifra a 90 % sin cobertura.

Siete de cada diez trabajadores del campo no tienen acceso a servicios de salud, y esto no es sólo un accidente estadístico: es la consecuencia de décadas de abandono, informalidad y falta de voluntad política.

El gobierno de Claudia Sheinbaum heredó una promesa que Andrés Manuel López Obrador lanzó hace ocho años: salud universal al nivel de Dinamarca. La realidad es que hoy seguimos más cerca de un sistema precario que de la socialdemocracia escandinava.

El compromiso número 63 de la actual administración, garantizar seguridad social a agrícolas y pescadores, es apenas un enunciado; en los hechos, las jornaleras enfrentan falta de documentos, barreras de idioma, analfabetismo funcional y costos de traslado para recibir atención médica.

Lo más perverso del sistema es que esta precariedad coexiste con el encarecimiento de los alimentos que ellas mismas producen. En la primera quincena de abril, la inflación anual llegó a 4.53 %, pero los productos del campo se dispararon 8.68 %; el jitomate subió 24.37 % en apenas quince días; el chile serrano y el poblano, más de 2 %.

Mientras las familias mexicanas, especialmente las 42.3 millones de personas que ya no pueden costear la canasta básica, ven cómo se encarece su comida, las manos que la cultivan no ven un solo peso extra ni una sola prestación.

Pero el problema no es sólo social y laboral; es también de soberanía alimentaria; México importa 89 % del maíz amarillo que consume, y más del 90 % de ese maíz proviene de Estados Unidos; ese grano, transgénico, cabe recordar, es la base de la producción pecuaria y agroindustrial: pollos, cerdos, reses, huevos, lácteos.

No tener soberanía nos expone a los caprichos del mercado internacional, a los shocks externos y, lo más grave, a una dependencia política de Washington. En cualquier revisión del T-MEC, el suministro de maíz puede convertirse en una herramienta de presión.

Y el futuro no es alentador; el encarecimiento global del gas natural y los fertilizantes, sumado a la reducción de la superficie sembrada en Estados Unidos, anticipa nuevos aumentos en carnes, huevo y lácteos.

En marzo, una familia urbana de cuatro integrantes necesitó 19 mil 760 pesos para alimentación y servicios básicos; en zonas rurales, 14 mil 212 pesos; ambas cifras están muy por encima de la inflación general.

Urge un giro de timón, no basta con módulos de orientación o seguros para trabajadores independientes; se necesita un sistema de seguridad social flexible, con perspectiva de género y adaptado a la migración; y al mismo tiempo, una política agraria que reduzca la dependencia alimentaria, que impulse la producción nacional de maíz amarillo y rompa la paradoja de que quien siembra la comida termina cosechando pobreza.

Si no se hace, la promesa de la 4T se quedará en letra muerta. Y el campo mexicano seguirá siendo, como tantas veces, el espejo de todas nuestras desigualdades.