#Opinión // Lecciones para el pueblo, el yugo no se rompe con súplicas

abril 30, 2026

Por: Pedro Martínez Coronilla

Las cifras oficiales las debemos entender correctamente: pueden decir una cosa mientras su opuesto ocurre en la vida real. En marzo de 2026, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) nos informa que la inflación general es del 4.6 % y que el salario mínimo aumentó 13 % respecto al año anterior.

Sin embargo, cualquier madre de familia en la Comarca Lagunera o en los valles de Durango sabe que la historia es muy distinta. La canasta alimentaria, ese conjunto mínimo sin el cual la supervivencia se vuelve una afrenta, se ha encarecido más del 8 %, y el jitomate, ingrediente sagrado de nuestra cocina, cuesta hoy hasta 69.90 pesos por kilo. ¿Qué significa esto? Que mientras la macroeconomía aplaude, los hogares duranguenses se preguntan cómo llenar la olla.

En Durango, un estado con una profunda tradición agrícola, pero también con altos índices de pobreza laboral, esta crisis adquiere un rostro concreto. Según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) actualizados a 2026, más del 40 % de la población duranguense no puede adquirir la canasta alimentaria básica, a pesar de que el salario mínimo general asciende a 9,582.47 pesos mensuales.

Haciendo cuentas: una familia de cuatro personas necesitaría destinar prácticamente la totalidad de ese ingreso para comprar estrictamente comida (2,571 pesos en zona urbana, como la capital, o 1,940 en zona rural, como el Mezquital o Pueblo Nuevo), no sobra un peso para el recibo de la luz, el micro de Gómez Palacio a Lerdo, la consulta médica o los cuadernos de los niños. El capitalismo global nos ha tendido una trampa perfecta.

Lo que ocurre en la Laguna duranguense no es un accidente climático, es la traducción local de las guerras interimperialistas. La prolongada guerra en Ucrania, que en febrero de 2026 cumplió cuatro años, ha estrangulado el suministro de fertilizantes como la urea y el amoniaco. México importa el 70 % de estos insumos, y Durango, que produce maíz, frijol y avena en municipios como Canatlán, Poanas o Rodeo, han visto duplicados sus costos de producción.

A todo esto, se suma el conflicto en Medio Oriente: cada barril de petróleo encarecido por los bloqueos en el estrecho de Ormuz se traduce en gasolina y diésel más caros para los camiones que llevan los productos de la huerta duranguense a las centrales de abasto de Torreón o Victoria de Durango. El resultado lo vemos en los mercados: el jitomate que antes se cultivaba en el valle del Guadiana hoy viaja con un flete que vale más que la verdura.

Las autoridades federales y estatales suelen echarle la culpa a las heladas o a la especulación de unos cuantos acaparadores. Pero la raíz es mucho más profunda.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de alertar que México crecerá apenas 1.6 % en 2026, con una inflación del 3.9 %, muy por encima de la de Estados Unidos (2.8 %). Somos, dice el organismo, una de las economías más vulnerables del continente, ¿Por qué? Porque nuestro país, y Durango no es la excepción, depende de importaciones para todo: los fertilizantes, el gas LP que calienta las viviendas de los duranguenses en invierno, el maíz transgénico para el ganado de la región.

Somos una economía abierta, pero no soberana. Y en la agonía del imperialismo, que se desgarra en Ucrania y en el estrecho de Ormuz por conservar su hegemonía, los costos los pagan los trabajadores.

Ante esta realidad, no bastan los apoyos paternalistas, no basta que el gobierno estatal entregue despensas o que la federación mantenga subsidios temporales al gas; eso es solo un curita en una hemorragia.

La lección nos la da Irán, un país que lleva décadas bajo el bloqueo más feroz de Estados Unidos y que, sin embargo, resiste porque ha aprendido a producir localmente, a crear circuitos económicos propios, a organizar a su pueblo.

En Mexico tenemos todo para construir esa resistencia: tierras fértiles, agua, manos trabajadoras que saben el oficio de sembrar. Lo que falta es conciencia y organización popular.

Urge que los trabajadores de la mina de La Platosa, los jornaleros de los viñedos de Gómez Palacio, las amas de casa de la colonia Francisco Villa y los estudiantes de la UJED comprendan que el enemigo no es el vecino que también batalla.

El enemigo es el sistema capitalista que busca enriquecerse y utilizar a los pueblos del mundo como carne de cañón en una guerra imperialista.

Como nos enseñaron Marx y Lenin, el yugo no se rompe con súplicas, se rompe con la fuerza consciente y organizada de quienes la padecemos.