Por: Noel González Jiménez
Quién no ha escuchado a nuestros funcionarios, de todos los niveles, decir que todo está bien, que el pueblo es hoy más feliz que nuca. Quién no ha salido a la calle con miedo de no regresar a casa o que lo asalten. Quién no ha ido al servicio de salud pública y se enfrenta a la crisis tan profunda por la que atraviesa. Esta realidad existe, es la que viven todos los días los mexicanos, pero también todos los días se niega esta triste y cruel realidad desde las tribunas oficiales.
Sin duda, desinformar funciona y le sirve a quien quiere mandar un mensaje distorsionado o fuera de la realidad. Negar la realidad una y mil veces se ha convertido en ley desde hace mucho tiempo, pero hoy, esa práctica es más evidente.
Y esto se puede ver reflejado en la creciente ola de inseguridad que va al alza, uno de los tantos males estructurales, que tratan de negar o minimizar mediante la narrativa oficial. Este fenómeno no es aislado ni una simple variación en las estadísticas: es una crisis profunda que impacta la vida cotidiana de millones de personas. Mientras el discurso oficial insiste en que el país avanza hacia la pacificación, en las calles, en las comunidades rurales y en las ciudades, la percepción es muy distinta.
Hoy más que nunca, frente a esta realidad, hay un elemento que se vuelve fundamental: la información. Una ciudadanía informada es una ciudadanía con capacidad de exigir, de cuestionar y de no dejarse engañar.
Recordemos que durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), el país registró cerca de 199 mil homicidios dolosos, una cifra que supera ampliamente a administraciones anteriores. Pero más allá de los números, lo verdaderamente alarmante fue la narrativa de que todo iba bien, causando con ello que la población normalizara la violencia o se viera como un juego macabro de la oposición para manchar el buen gobierno de AMLO, esto provoco que la distancia entre lo que se dice desde el poder y lo que viven los ciudadanos creciera.
A esta realidad se suma otro problema igual de grave: las desapariciones. México acumuló más de 133 mil personas desaparecidas al cierre del 2025, un 10% más que el año anterior y sin duda una cifra que no deja de crecer. Detrás de cada número hay una familia que busca, una madre que escarba la tierra con sus propias manos, una historia truncada. Y, sin embargo, el aparato institucional ha sido incapaz de responder con eficacia y sensibilidad a esta tragedia. Simplemente le dice a los mexicanos que esos datos no son ciertos y se van a actualizar.
En este contexto, casos como el de Sinaloa resultan particularmente reveladores. Lo que ocurre en ese estado no puede entenderse como un hecho aislado, sino como un ejemplo claro de lo que sucede cuando el Estado pierde el control. La violencia persistente, la presencia dominante del crimen organizado y la fragilidad institucional configuran un escenario que muchos ya califican como el de un “estado fallido”. Más preocupante aún es que, lejos de reconocer la gravedad del problema, las autoridades suelen minimizarlo o maquillarlo con cifras y narrativas optimistas.
Aquí es donde entra un elemento clave de nuestro tiempo: las redes sociales. Nunca antes había sido tan fácil acceder a información, contrastar versiones y visibilizar lo que ocurre en cualquier rincón del país. Hoy, un hecho violento puede conocerse en cuestión de minutos, y una denuncia ciudadana puede romper el cerco informativo. Sin embargo, esta misma facilidad implica un riesgo: la desinformación. No todo lo que circula es cierto, no todas las fuentes son confiables, y no toda narrativa responde a la realidad.
Por eso, el reto de la ciudadanía no es solo informarse, sino hacerlo bien. Verificar fuentes, contrastar datos, no quedarse con una sola versión. Entender que la información es una herramienta de poder, pero también puede ser utilizada para manipular. En un país donde la brecha entre el discurso oficial y la realidad es cada vez más evidente, la capacidad crítica de la sociedad se vuelve indispensable.
Ante este panorama, la pasividad ya no es opción. Informarse es el primer paso, pero no el único. Una sociedad consciente puede exigir rendición de cuentas, puede cuestionar políticas públicas ineficaces y puede presionar por cambios reales. No se trata de caer en el pesimismo absoluto, sino de asumir con claridad la dimensión del problema.
México necesita instituciones fuertes, estrategias de seguridad efectivas y un compromiso real con la verdad. Pero también necesita ciudadanos atentos, críticos y bien informados. Porque en tiempos donde la información abunda, pero la verdad se disputa, saber distinguir entre una y otra puede marcar la diferencia.







