#Opinión // Chihuahua en la mira: el espectáculo político que busca distraer a un país en crisis

mayo 28, 2026

Por: Noel González Jiménez

Chihuahua vuelve a estar en el centro de la confrontación política nacional, lo que hoy se presenta desde el poder federal como una defensa patriótica de la soberanía nacional, en realidad es una batalla política por el control del estado grande rumbo al 2027. Detrás de las consignas, de las marchas y de los discursos incendiarios, se esconde una guerra de intereses donde el pueblo vuelve a quedar atrapado entre dos grupos que disputan el poder mientras millones de mexicanos continúan viviendo en condiciones de pobreza, abandono y desesperanza.

El conflicto entre el gobierno estatal encabezado por María Eugenia Campos Galván y el gobierno federal de Claudia Sheinbaum Pardo no surgió de la nada. Tiene raíces profundas que se remontan al sexenio pasado, cuando Andrés Manuel López Obrador decidió enfrentarse directamente con los campesinos chihuahuenses por el tema del agua. Aquel episodio dejó marcada la relación entre Chihuahua y el centro del país. Los productores agrícolas defendían el agua necesaria para sostener sus cultivos y sobrevivir económicamente; el gobierno federal insistía en cumplir con el tratado internacional con Estados Unidos. Aquella lucha no solo dejó heridas políticas, también evidenció el enorme desprecio con el que el poder central suele tratar a los estados del norte cuando estos se resisten a obedecer.

Hoy la confrontación ha escalado a otro nivel, el desmantelamiento del narcolaboratorio en el municipio de Morelos, en la Sierra Tarahumara, donde participaron elementos de la CIA y donde lamentablemente murieron dos agentes, reactivó de inmediato la maquinaria política y mediática. Morena encontró en este hecho la oportunidad perfecta para intensificar su ofensiva contra el gobierno estatal. De pronto, Chihuahua fue colocado en el centro del debate nacional como si el problema del crimen organizado fuera exclusivo de esta entidad y no una tragedia nacional que lleva décadas creciendo bajo gobiernos de todos los colores.

La respuesta de Morena no tardó. Convocaron a una marcha bajo consignas como “la soberanía se defiende” y acusaciones de “traición a la patria” contra la gobernadora. Arturo Ávila Anaya prometió una movilización de 200 mil personas, una demostración de músculo político que supuestamente haría temblar al estado. Pero la realidad fue muy distinta. Las calles no se llenaron como esperaban. Apenas poco más de cinco mil personas acudieron al llamado, aunque Ariadna Montiel insistiera en inflar las cifras y hablar de veinte mil asistentes. El fracaso de la convocatoria dejó en evidencia algo que el oficialismo se niega a aceptar: el discurso centralista y propagandístico no logra conectar del todo con el pueblo chihuahuense.

Y es que el verdadero trasfondo de este conflicto no es la soberanía nacional. Tampoco la preocupación genuina por la seguridad de Chihuahua. El fondo es político y electoral. Morena sabe que Chihuahua representa uno de los estados más difíciles de conquistar y por eso ha iniciado desde ahora una campaña permanente de desgaste contra el gobierno estatal. Lo que estamos viendo es una operación política diseñada para construir una narrativa conveniente rumbo a las elecciones del 2027.

Sin embargo, mientras el país discute si hubo o no intervención extranjera, mientras las redes sociales se llenan de insultos entre simpatizantes de uno y otro bando, los problemas reales de México desaparecen misteriosamente de la conversación pública. Ya no se habla con la misma intensidad de la pobreza que golpea a millones de familias. Ya no ocupan titulares los hospitales sin medicamentos ni especialistas. Nadie menciona las carreteras federales destruidas, el abandono del campo mexicano o el fracaso de la famosa megafarmacia que prometía resolver el desabasto nacional.

También han querido sepultar el tema de los desaparecidos, las madres buscadoras continúan recorriendo el país entre fosas clandestinas y amenazas, mientras desde el gobierno se intenta minimizar la tragedia o maquillar las cifras. Los escándalos relacionados con personajes cercanos al poder desaparecen rápidamente de la agenda mediática. Las luchas de campesinos en Zacatecas, las protestas estudiantiles, el plantón magisterial en la Ciudad de México y las múltiples inconformidades sociales quedan relegadas a segundo plano porque el espectáculo político necesita mantener entretenida a la población.

La estrategia es evidente: mantener al pueblo distraído en una sola narrativa para evitar que observe el tamaño real de la crisis nacional. Por eso también se descalifica constantemente a medios de comunicación que no se alinean con el discurso oficial. El mensaje es claro: quien critique al poder es señalado como enemigo. Así funciona el control político cuando la propaganda sustituye al debate serio y la polarización reemplaza a las soluciones.

Pero el problema no termina ahí, lo más grave es que millones de mexicanos siguen creyendo que alguno de estos grupos políticos representa verdaderamente los intereses del pueblo. La realidad demuestra lo contrario. Mientras las élites partidistas pelean por gubernaturas, cargos y control político, el trabajador sigue ganando salarios miserables, el campesino sigue abandonado, los jóvenes carecen de oportunidades y las familias sobreviven entre violencia, desempleo e incertidumbre.

Por eso urge que el pueblo despierte políticamente, que deje de actuar como espectador y comience a analizar críticamente la realidad. México necesita una sociedad más consciente, más informada y más organizada. Una sociedad que no se deje manipular por campañas mediáticas ni por discursos patrioteros diseñados únicamente para conservar el poder.

La lucha verdadera no está entre Morena y el PAN, ni entre el gobierno estatal y el federal. La lucha real está entre una clase política privilegiada que vive del poder y un pueblo trabajador que carga sobre sus hombros las consecuencias de décadas de corrupción, abandono y desigualdad. Mientras esa realidad no sea comprendida por las masas populares, el país seguirá atrapado en el mismo ciclo de confrontaciones estériles y promesas incumplidas.

México necesita que el pueblo construya su propia fuerza política, independiente de quienes solo aparecen en tiempos electorales. Necesita organización popular, conciencia de clase y un verdadero proyecto que coloque en el centro las necesidades de los trabajadores, los campesinos, los estudiantes y los sectores más pobres del país. El tiempo se agota y la crisis nacional sigue profundizándose. Si el pueblo no levanta la voz y no toma en sus manos su propio destino, otros seguirán decidiendo por él mientras la miseria continúa creciendo detrás del espectáculo mediático.

Hoy Chihuahua es apenas un reflejo de la crisis política nacional. Una crisis donde el poder se pelea arriba mientras abajo el pueblo sigue esperando justicia, dignidad y una vida mejor.