Por: Marco Aquiáhuatl Rivera
Llegar a la conclusión de que una afición desbordada al futbol-espectáculo —entendida como una obsesión casi compulsiva por consumir eventos y todo lo que ofrecen los patrocinios— es un síntoma inequívoco de manipulación ideológica capitalista puede orillarnos, también, a un fácil reduccionismo. Porque el futbol, por muy impregnado de negocios capitalistas que esté, no puede reducirse del todo a esa deformación. En las siguientes líneas intentaré mostrar cómo el futbol que conocemos lleva el amoldamiento típico de nuestra época hipercomercial, pero también cómo, a pesar de esa condición aniquilante, el futbol, por su naturaleza eminentemente colectiva y popular tiene condiciones para sobrevivir y servir como vehículo para el fortalecimiento de la cohesión de la clase trabajadora.
En torno a sus orígenes populares
Hoy se nos vende el fútbol únicamente como espectáculo: como si no pudiera concebirse de otra manera, fuera de los estadios, las narraciones y la sofisticación. Pero esa versión moderna parece negar su origen más mundano: un deporte de la «bola», que no era de nadie en particular. A diferencia de otros deportes nacidos para grupos acomodados que disponen de recursos en abundancia (como el golf), el balompié siempre ha tenido requerimientos modestos: esencialmente basta con un balón. Esa flexibilidad humilde ha facilitado su adopción en todo el mundo.
Sus raíces más profundas se hunden en los juegos de pelota violentos y desordenados de la Edad Media europea, como el mob football, con pocas reglas y muchos participantes. Esos juegos fueron decayendo, pero el hilo no se rompió. El verdadero parto del fútbol moderno ocurrió en la Inglaterra del Siglo XIX, cuna de la Revolución Industrial. El trabajo en las fábricas era embrutecedor, una rutina de 12 a 14 horas diarias que dejaba a los obreros en un estado de tedio constante. Frente a la opción de refugiarse en la taberna (una vía de escape individual), muchos encontraron en el fútbol una alternativa colectiva para luchar contra esa enajenación. Comenzaron a patear vejigas de cerdo infladas que ellos mismos cosían con retazos de cuero. Pero esa pasión no habría sido posible sin una conquista fundamental: la reducción de la jornada laboral. Fue la clase trabajadora quien, a base de organización y presión, logró instituir el «sábado inglés» (la tarde libre) a partir de 1850. Sin esa victoria obrera, no habría existido la masa de espectadores ni la energía para jugar.
En tanto, en las universidades sureñas, los hijos de los ricos ya jugaban versiones reglamentadas, como el Código de Cambridge de 1848. Ellos le legaron al juego lo que le faltaba: reglas claras y organización. Lo hicieron practicable a gran escala. Pero la verdadera explosión de popularidad vino desde abajo. La creciente clase trabajadora de las ciudades industriales del norte encontró en este deporte una válvula de escape y un espacio de identidad colectiva. La creación de clubes fue imparable. En 1857, obreros de Sheffield fundaron el Sheffield FC, reconocido como el club de fútbol más antiguo del mundo. Le siguieron decenas más, muchos creados por trabajadores de fábricas, astilleros o incluso por empresas que vieron en el deporte una forma de cohesionar a sus empleados.
La tribu en la cancha
Este deporte es, ante todo, un trabajo en equipo llevado al extremo. No es el único, claro, pero la forma en que se organizan los jugadores en la cancha es casi como una pequeña sociedad: cada uno tiene su oficio. A veces el cuerpo manda: los más altos suelen terminar en la portería o en la defensa, los más rápidos se van al ataque. Pero lo importante es que nadie puede jugar solo. Todos empujan para el mismo lado, sea para cuidar su portería o para hacerle gol al rival. Y además, casi siempre un equipo representa algo más grande que ellos mismos: un barrio, una escuela, un gremio, una ciudad, un país. Por eso el fútbol se parece tanto a un juego de guerra.
Muchos deportes nacieron como entrenamiento para el combate: forjan el carácter, la resistencia, la coordinación y, sobre todo, la estrategia. Un equipo de fútbol se parece a un ejército que se enfrenta a otro en una batalla con tiempo y con reglas para que sea justo: fair play. Como en la guerra, cada quien tiene su función: los defensas son la infantería, el portero es la última guardia, el delantero actúa como francotirador. Pero, insistimos, ninguno puede ganar solo; la coordinación grupal es esencial.
Sin embargo, lo hermoso del fútbol es justamente lo no planeado. A veces la mala suerte le gana a la táctica, y lo inesperado se impone. De eso vive el aficionado, de saber que siempre queda un resquicio para la esperanza. Un centímetro puede separar la gloria del fracaso. Y en ese milímetro, entre el balón que se estrella en el poste y el que entra, cabe la posibilidad de que el más débil le gane al gigante. Esa pasión por ganar o perder nos da identidad. Nos conecta con esa necesidad honda de pertenecer a algo, a un grupo. Algo que llevamos muy adentro. Colaborar nos hermana en las buenas y en las malas, porque somos un cuerpo, un todo. El equipo pierde parejo, y su afición también, porque quizás los seres humanos necesitamos sentirnos parte de un «nosotros».
En la Grecia clásica, los Juegos Olímpicos eran una válvula de escape, una manera de calmar las tensiones en tiempos de paz, cuando la guerra siempre estaba latente. Las ciudades-Estado se enfrentaban en el deporte para no matarse entre ellas, para aliviar las rivalidades que surgen cuando varios grupos humanos conviven en una paz frágil. Para un griego, pertenecer a su polis era lo más valioso; quedarse fuera, ser desterrado, era una especie de muerte social. El futbol, cuando no está corrompido, cumple esa misma función: nos integra, nos da un lugar, nos ata a los nuestros.
Deporte y sofisticación: la doble cara del progreso
Como vimos, este deporte grupal nació a la par del capitalismo industrial inglés. Con su crecimiento llegaron la exportación, la masificación y, claro, la sofisticación. El primer empujón hacia la profesionalización fue una necesidad obrera: los trabajadores querían jugar sin perder su sustento. Ya a finales de la década de 1870, clubes como el Darwen F.C. pagaban a jugadores escoceses de manera encubierta.
La lucha llegó a su punto de quiebre en 1883. Ese año, el Blackburn Olympic, un equipo de obreros del norte, derrotó en la final de la FA Cup (el torneo más antiguo del fútbol inglés) al Old Etonians, el equipo de los hijos de los ricos sureños. Por primera vez, un equipo «de pobres» le ganaba a los caballeros en su propio torneo. Lo que muchos no sabían es que el Blackburn ya pagaba a sus jugadores a escondidas. La victoria dejó clara una verdad incómoda: los equipos que pagan, aunque sea en secreto, son mejores.
Para 1884, la tensión era tal que varios clubes del norte amenazaron con formar su propia asociación. La FA se enfrentó a una disyuntiva: si mantenía el amateurismo a rajatabla, los clubes del norte seguirían pagando en secreto (y dominando) o se irían para crear su propia liga. Si los dejaba ir, perdía poder, prestigio y, sobre todo, ingresos. Así que, ante la amenaza de fractura, la Asociación Inglesa de Fútbol cedió y legalizó el profesionalismo en julio de 1885. Fue una rendición: aceptó formalmente lo que ya ocurría en la práctica, a cambio de mantener el control del negocio.
Desde la óptica del capital, un deporte que convoca masas es un mar de clientes potenciales. Ahora que pagar estaba permitido, los clubes podían hacerlo abiertamente. Pero para financiar esos salarios, necesitaban más partidos y más público. Así que se invirtió en todo: estadios, uniformes, balones (ya no vejigas de cerdo), arbitraje profesional y toda una infraestructura alrededor. Todo este entramado tuvo un mismo fin: hacer del fútbol un producto atractivo que generara dividendos para los patrocinadores. La pasión del pueblo había encontrado quien la mercantilizara.
Si el deporte se ha convertido en mercancía-espectáculo, hay que reconocer que en eso se ha avanzado muchísimo. La magia y la destreza que vemos hoy no salen de la nada. Hay una especie de selección natural mejorada: los talentos se entrenan con métodos científicos, la medicina deportiva, la nutrición, hasta la genética. Un jugador moderno corre kilómetros impensables hace décadas. No solo importa la resistencia, sino todo el desarrollo científico aplicado al deporte.
Pero este perfeccionamiento tiene su costo. La más clásica de las desviaciones es la exacerbación de los ídolos. Siempre han existido individuos sobresalientes, pero ahora esa condición lastima la esencia del fútbol: la colaboración. La compra y venta de jugadores tiene más que ver con el marketing que con el juego. Se manda un mensaje subliminal: el fútbol solo lo pueden jugar las superestrellas. ¿Qué espíritu deportivo queda cuando en una nómina hay alguien que gana mil veces más que sus compañeros? Y qué decir de ver al futbolista como objeto desechable. Esto no es exclusivo del fútbol, sino del capitalismo: todo lo que toca para beneficio de unos pocos, lo desecha después de usarlo. Muchos quedan fuera por no cumplir los estándares, y los que se mantienen son sobreexplotados hasta el borde del abismo. Es un infierno vivir esperando un contrato fijo. El deporte profesional ofrece espectáculo, pero a costa de usar a los hombres según cuánto dinero pueda ganar el empresario. Igual que en el mercado laboral.
Esto sucede, porque el negocio tiene dueños y ellos tienen la prioridad absoluta de la ganancia, por eso la publicidad ha terminado por moldear el fútbol a su imagen. El exceso de mercadeo no es un detalle menor: corrompe el deporte desde dentro. En México, por ejemplo, la liga está patrocinada por una casa de apuestas. ¿Qué sentido tiene eso si el espíritu deportivo debería estar por encima de las apuestas? No es una pregunta ingenua. La transmisión de los partidos se ha convertido en un desfile interminable de anuncios. Las marcas nos atosigan, cortan cualquier inspiración, y la narración del juego termina siendo apenas un pretexto para más publicidad. Los futbolistas, ahora promotores de bebidas azucaradas, casas de apuestas o comida chatarra, nos venden una imagen deformada del deporte. Así, el fútbol deja de ser juego para volverse vitrina.
Cuando el fútbol se vuelve pura mercancía, la pasión se apaga y el dinero manda en la cancha. Esta sed de lucro termina por ensuciar el juego limpio, porque es casi imposible decirle que no a los patrocinios millonarios. Esa lógica de negocio lleva décadas corrompiendo el fútbol desde adentro. Y la FIFA es su mejor representante: una máquina de hacer negocios a costa de lo que sea.
FIFA S.A.
La historia reciente de la FIFA está llena de corrupción acreditada, salpicando incluso a figuras legendarias. El gran escándalo, el FIFA Gate destapado en 2015 por la justicia estadounidense, reveló una red de sobornos por más de 150 millones de dólares para asegurar derechos de transmisión, contratos de mercadeo y, sobre todo, la adjudicación de sedes mundiales. Hubo detenciones, salidas de la cúpula directiva y una conclusión incómoda: la FIFA servía a intereses privados de lucro. Qatar 2022 no fue un accidente, sino la punta del iceberg.
Pero la FIFA no es solo corrupta: es funcional al capital mundial. Los regímenes más turbios la usan para lavar su imagen. En 1978, la dictadura argentina contrató a la agencia estadounidense Burson-Marsteller para ocultar sus crímenes y vender al mundo una imagen de orden y eficacia. El capital no se opuso; la potenció. En 2022, Qatar, un régimen sin tradición futbolística ni respeto por los derechos humanos, compró la sede para desviar la atención de las violaciones sistemáticas y la muerte de trabajadores migrantes. La FIFA no solo miró para otro lado: facilitó la operación a cambio de millones. Hoy actúa como una empresa transnacional de lavado de imágenes. Su mercancía principal ya no es solo el fútbol, sino el prestigio que vende al mejor postor.
El Mundial 2026, otorgado a Estados Unidos, Canadá y México, fue presentado como la «opción segura» para limpiar la imagen tras el caso Qatar. Pero la realidad ha sido tozuda. Las tarifas del transporte público al MetLife Stadium pasaron de 12 a 98 dólares: un despojo al aficionado disfrazado de espectáculo. Han surgido indicios de corrupción en el uso del Kennedy Center, un espacio público cedido a la FIFA en condiciones irregulares. Adecuado a este tono Gianni Infantino ha coqueteado con Donald Trump hasta el punto de recibir premios simbólicos que comprometen cualquier neutralidad. Y las políticas migratorias de Estados Unidos han disuadido a aficionados de todo el mundo, demostrando que el libre tránsito es un privilegio para pocos. El Mundial 2026 no es una ruptura con el pasado, sino la sofisticación del mismo negocio bajo fachada occidental.
En México, hay que hacer una crítica de clase sin caer en el oportunismo de los medios. Hay que distinguir. Por un lado, los sectores de derecha usan cualquier problema logístico para desgastar al gobierno, sin proponer nada. Buscan allanar el camino para una intervención gringa. Esa postura no merece apoyo. Por otro lado, están las exigencias reales de la gente: comerciantes desplazados por lo que podemos llamar «gentrificación deportiva», trabajadores que ven cómo se invierte en estadios de lujo mientras faltan hospitales y escuelas. No se trata de estar contra el fútbol, sino de cuestionar un orden de prioridades que antepone el brillo del turismo de élite al bienestar de la mayoría.
La crítica desde los intereses de los trabajadores mexicanos debe sonar clara. Este gobierno, por más reformista que se diga, muestra sus límites. No quiso negarse al mundial para no enfriar su relación con el imperio, pero tampoco puede negar que ha usado el evento para lavarse la cara frente a los cuestionamientos sociales que vienen desde abajo.
Y, sin embargo, el balón se mueve
A pesar del omnipresente poder del capital en el deporte internacional, el futbol tiene una marca de nacimiento populachera, de potrero. Aunque hemos explicado los excesos de la profesionalización, no podemos negar que algunos aspectos de esta especialización son positivos (mejores técnicas, menor violencia en el juego, mayor preparación física). El apunte crítico no es volver a un futbol primitivo, sino hacerlo menos privado y mucho más masivo. El deporte futbolero seguirá teniendo un carácter lúdico y aglutinante.
Se suele decir que el mexicano ama el fútbol llanero por ese espíritu de compadrazgo que llevamos en la sangre. Puede ser, pero no es exclusivo nuestro. Lo que realmente late ahí, en cualquier cancha de tierra del mundo, es una pulsión colectivizante que el capitalismo no ha logrado extirpar. El sistema nos empuja al aislamiento, a competir por nuestra cuenta, a consumir solos. Pero el fútbol jugado —no el visto en la tele— sigue siendo un acto de encuentro, de colaboración, de tribu.
El fútbol llanero imita en algo al fútbol corporativo: usa uniformes, balones fabricados, repite tácticas y celebra a sus estrellas. Pero no es solo una copia: es una reapropiación. La pasión que ahí se juega tiene vida propia, pulso autónomo. Por eso, si mañana el fútbol profesional desapareciera, por escándalo, por quiebra o por aburrimiento, el fútbol de potrero seguiría ahí. Porque no depende de los patrocinios ni de las pantallas. Depende de la necesidad humana de juntarse, de patear algo juntos, de reír y “luchar” en comunión. Esa es su fuerza: sobrevivir no gracias al capital, sino a sus espaldas.
No pretendemos romantizar al futbol en esa forma de practicarlo: es aún necesario recuperar la práctica efectiva; es necesaria la participación de un Estado que realmente se preocupe por la salud y por resarcir eso que llaman el tejido social. Esto no tiene que ver con otra cosa más que con educación. Datos duros: más del 80% de las personas dejan de practicar un deporte después de salir de la escuela. Nos convertimos entonces en aficionados del futbol que jugamos poco futbol; el gol que hacemos es en el sofá o en la cantina. El futbol que nos presentan en las pantallas nos hace pensar que somos parte de un todo, pero no todos jugamos futbol. Muy pocas personas lo practican de manera regular. Y aquí tiene que ver mucho el carácter de nuestra sociedad: somos uno de los países que más tiempo invierte en trabajar y menos en el ejercicio, las artes y las cosas que nos dispersan la mente de forma productiva.
Aunque suene a lugar común, la verdad es que la organización de la economía puede crear condiciones para hacer que los hombres sean más libres y que el deporte deje de ser un espectáculo elitizante y deformado, para volver otra vez a practicarse de forma masiva. El futbol se sigue practicando a pesar de las restricciones, no gracias al capital, sino a pesar del capital. Y esa es su belleza más resistente: la que todavía brilla en un potrero o llano cualquier tarde de lluvia, cuando un niño patea una lata y, por un instante, se siente parte de algo más grande que cualquier patrocinador.







