Por: Ramón Rosales Córdova
Durante años nos dijeron que el problema del agua en Monterrey era únicamente la falta de lluvia. Cuando las presas bajaban de nivel, la explicación siempre apuntaba al clima y a la naturaleza. Sin embargo, basta recorrer cualquier colonia de la zona metropolitana para descubrir que el problema va mucho más allá. El agua limpia escasea para miles de familias, mientras las aguas negras recorren calles, brotan de las alcantarillas y terminan en arroyos y ríos. Esa contradicción deja al descubierto un sistema que hace tiempo dejó de responder a las necesidades de la población.
Entre 2019 y finales de 2025 se acumularon más de 793 mil reportes por fugas de aguas negras en Nuevo León. Son alrededor de 330 reportes diarios. La cifra por sí sola muestra que no se trata de casos aislados ni de accidentes. Estamos frente a una infraestructura que envejeció sin que existiera una inversión suficiente para renovarla. Durante décadas la ciudad creció, llegaron nuevos fraccionamientos, parques industriales y desarrollos inmobiliarios, pero la red sanitaria quedó prácticamente en las mismas condiciones en las que fue diseñada para una población mucho menor.
El problema no apareció de un día para otro. Es el resultado de una forma de gobernar donde el mantenimiento de los servicios públicos siempre ocupa un lugar secundario frente a las obras que generan mayor rentabilidad política o económica. Mientras el capital necesita ciudades que sigan produciendo riqueza, poco importa si las tuberías trabajan al límite o si las plantas de tratamiento ya no alcanzan para procesar el volumen de aguas residuales que genera una metrópoli de millones de habitantes. Lo importante es que la actividad económica no se detenga, aunque las consecuencias recaigan sobre quienes viven y trabajan al día. Y la salida más sencilla para ellos es decir que existen malas prácticas de algunos ciudadanos. Tirar basura, grasas o aceites al drenaje que provocan taponamientos que agravan la situación. Pero reducir toda la responsabilidad a ese “comportamiento” resulta cómodo para las autoridades. Una red moderna debe contemplar esos riesgos y contar con mantenimiento permanente. Cuando cientos de fugas aparecen todos los días, el problema ya no puede explicarse únicamente por lo que una persona arrojó a una coladera.
Las consecuencias las vive diariamente el pueblo trabajador. Hay familias que deben caminar entre escurrimientos de aguas negras para llegar a la escuela, al trabajo o al transporte público. Los malos olores terminan siendo parte del paisaje cotidiano y con ellos llegan infecciones, enfermedades gastrointestinales y el esparcimiento de insectos y fauna nociva. Lo que para algunos es una estadística, para miles de personas significa convivir todos los días con condiciones que afectan su salud y su dignidad. El daño tampoco termina en las calles. Buena parte de esas descargas llega a los ríos Pesquería, Santa Catarina y La Silla, contaminando ecosistemas que durante años han sufrido el abandono oficial. Al mismo tiempo, la humedad constante debilita el pavimento y el subsuelo hasta formar socavones que ponen en riesgo a automovilistas y peatones. Después llegan las reparaciones de emergencia, el cierre de avenidas y los gastos públicos que pudieron evitarse si el mantenimiento hubiera sido una prioridad desde hace muchos años.
Lo que ocurre con el drenaje en Monterrey confirma una realidad que vemos también en otros servicios como el transporte, la vivienda o la electricidad. El sistema capitalista busca mantener funcionando aquello que produce ganancias, mientras las necesidades básicas de la mayoría reciben atención únicamente cuando la crisis ya no puede ocultarse. Las soluciones suelen presentarse como temporales y parciales, sin atacar el origen del problema.
Por eso resulta insuficiente esperar que cada administración resuelva por sí sola una situación que lleva décadas acumulándose. La experiencia demuestra que los cambios importantes aparecen cuando el pueblo se organiza, estudia las causas de los problemas y lucha de manera consciente por transformar las condiciones en las que vive. Ningún servicio público mejora por buena voluntad de los gobernantes. La historia muestra que las conquistas sociales han sido resultado de la organización y de la idea colectiva.
El área metropolitana de Monterrey necesita una red hidráulica y sanitaria capaz de responder a las necesidades actuales de su población. Pero también necesita ciudadanos conscientes de que estas crisis no son hechos aislados ni simples fallas técnicas. Son la expresión de un modelo que coloca las ganancias por encima del bienestar colectivo. Mientras esa lógica siga dominando las decisiones públicas, las fugas, los socavones y la contaminación seguirán apareciendo una y otra vez. La alternativa está en un pueblo organizado, dispuesto a defender sus derechos y a construir una sociedad donde los servicios esenciales dejen de verse como un gasto y se entiendan, por fin, como una obligación con quienes producen la riqueza de este país.







