Por: Lenin Nelson Rosales Córdova
En un país donde la prisa cotidiana, la incertidumbre económica y la desigualdad ocupan buena parte de la atención de millones de personas, hablar de teatro puede parecer, para algunos, un lujo o un entretenimiento reservado para unos cuantos. Sin embargo, esa idea está muy lejos de la realidad. El teatro, cuando nace de las necesidades del pueblo y habla de sus problemas, deja de ser un simple espectáculo para convertirse en una poderosa herramienta de educación, reflexión y transformación social.
Por ello, el IX Festival de Teatro “Víctor Puebla” representa mucho más que una cartelera cultural. Es un homenaje a un hombre que entendió que el arte debía salir de los grandes recintos y encontrarse con la gente en las colonias, los barrios y los pueblos. Este 21 de julio se cumplen 19 años de la partida de Víctor Manuel Torres Jiménez, mejor conocido como “El Divo de Puebla”, un actor, director y dramaturgo que dedicó su vida a demostrar que la cultura puede cambiar la forma en que una sociedad comprende su propia realidad.
En tiempos donde el entretenimiento rápido domina las pantallas y donde las expresiones artísticas suelen medirse por su rentabilidad comercial, recordar la obra de Víctor Puebla resulta necesario. Él nunca concibió el teatro como un privilegio para las élites. Al contrario, estaba convencido de que el escenario debía servir para retratar las alegrías, las injusticias, las contradicciones y las esperanzas de quienes todos los días sostienen con su trabajo a este país.
No es casualidad que se hiciera llamar «obrero del teatro». Esa definición encerraba toda una filosofía. Así como un obrero transforma la materia con sus manos, Víctor Puebla buscaba transformar la conciencia mediante el arte. Para él, cada ensayo, cada función y cada diálogo representaban una oportunidad para despertar preguntas, provocar reflexión y sembrar inquietudes en el público.
El teatro posee una virtud que pocas expresiones culturales logran con la misma intensidad: pone frente al espectador un espejo. En él aparecen las desigualdades sociales, la pobreza, la discriminación, los abusos del poder, los conflictos familiares y también la solidaridad, la dignidad y la esperanza. Cada personaje refleja fragmentos de la vida cotidiana que millones de mexicanos conocen demasiado bien. Quien observa una buena obra no solo contempla una historia ajena; muchas veces termina reconociéndose en ella.
Esa capacidad para generar empatía convierte al teatro en una auténtica escuela de sensibilidad. Una representación escénica puede enseñar más sobre la condición humana que muchos discursos políticos. Puede despertar preguntas que permanecen durante años y ayudar a comprender que los problemas individuales, en realidad, tienen profundas raíces sociales.
Las obras escritas y dirigidas por Víctor Puebla caminaron precisamente por ese sendero. Desde montajes emblemáticos como La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, hasta producciones como Divertimento Poblano o La Poblanía de los Ángeles, su trabajo siempre buscó acercar el arte a quienes históricamente habían permanecido alejados de él. Su propuesta no consistía únicamente en presentar funciones, sino en utilizar el teatro como una forma de diálogo con el pueblo.
En una sociedad donde con frecuencia la cultura ocupa un lugar secundario dentro de las políticas públicas, iniciativas como el Festival de Teatro “Víctor Puebla” adquieren un significado especial. Durante nueve años consecutivos, este encuentro ha mantenido vivo el legado de un hombre que entendió que un pueblo sin acceso al arte difícilmente podrá desarrollar plenamente su capacidad crítica.
Por eso resulta equivocado considerar que la cultura es un gasto innecesario o un lujo prescindible. Los pueblos que abandonan sus expresiones artísticas terminan perdiendo parte de su identidad, de su memoria y de su capacidad para imaginar un futuro distinto. En cambio, cuando la cultura florece, también lo hacen el pensamiento crítico, la solidaridad y el deseo de construir una sociedad más justa.
Víctor Puebla comprendió esta verdad y dedicó toda su vida a llevar el teatro a quienes pocas veces tenían la oportunidad de asistir a una función. No buscó reconocimiento personal ni escenarios exclusivos. Su mayor satisfacción era ver cómo una obra provocaba conversación entre la gente, despertaba inquietudes y sembraba la convicción de que la realidad puede cambiarse cuando se entiende y se enfrenta colectivamente.
Ese legado permanece vigente gracias al trabajo de la Compañía Nacional de Teatro del Movimiento Antorchista y de cientos de actores, directores y promotores culturales que mantienen viva la convicción de que el arte también es una forma de servicio social.
Para el Movimiento Antorchista Nacional, impulsar la cultura no constituye una actividad secundaria ni un complemento de su trabajo organizativo. Forma parte de una de sus tareas fundamentales. Así como lucha diariamente por mejores condiciones de vida, por educación, salud, vivienda y servicios para las comunidades más necesitadas, también trabaja para acercar la música, la poesía, la danza y el teatro a quienes durante décadas han sido excluidos de estos espacios.
Porque el ser humano no vive únicamente de pan. También necesita belleza, conocimiento, sensibilidad y pensamiento crítico. Alimentar el cuerpo es indispensable, pero alimentar el alma resulta igualmente necesario para construir ciudadanos conscientes, solidarios y capaces de transformar su realidad. Por ello, la invitación está abierta para que más mexicanos se acerquen al Movimiento Antorchista Nacional. Encontrarán una organización que no solo lucha por mejores condiciones materiales de vida, sino que también abre las puertas de la cultura, convencida de que un pueblo educado, sensible y organizado tiene mayores posibilidades de construir un futuro más digno para todos.







