Por Ramón Rosales Córdova
El 15 de noviembre se ha convocado en redes sociales una marcha nacional bautizada como la “Marcha de la Generación Z México”. No tardaron en llover los comentarios, las polémicas y los análisis superficiales sobre el significado de este movimiento. Se dice que la llamada Generación Z, también conocida como centennials, es aquella nacida entre 1997 y 2012, jóvenes nativos digitales, formados en un mundo hiperconectado, donde internet y las redes sociales no son herramientas, sino extensiones de su propia vida. Son, al mismo tiempo, espectadores y protagonistas de una era saturada de información, inmediatez y desconfianza hacia las instituciones. Pero esta marcha, más allá de los memes y hashtags, ha despertado interés porque parece querer romper con la apatía que se le adjudica a los jóvenes. Sin embargo, también ha levantado sospechas. Surgió a raíz del asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, y se extendió rápidamente en redes bajo símbolos como la bandera Jolly Roger, la de los piratas de sombrero de paja, inspirada en el anime One Piece. Hasta ahí, todo parecería una manifestación espontánea de indignación juvenil. Pero cuando a la convocatoria se suman actores políticos de todos los partidos, cada uno buscando colgarse de la ola digital, la causa civil empieza a tambalear. Sin líderes visibles ni una línea clara de comunicación, el movimiento corre el riesgo de ser absorbido por el ruido mediático o por la manipulación política.
Y sin embargo, la movilización juvenil no es, ni mucho menos, un fenómeno nuevo. Ya lo decía Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica.” La historia mexicana lo confirma una y otra vez. Desde los años veinte, los estudiantes se han levantado contra la injusticia y la represión. En 1929, la huelga universitaria logró la autonomía de la UNAM; en 1968, los jóvenes salieron a exigir libertades civiles y democratización, pagando con sangre la masacre de Tlatelolco. Tres años después, el Halconazo volvió a demostrar la brutalidad del Estado frente a la organización estudiantil. Y ya en el siglo XXI, el #YoSoy132 exigió medios libres, mientras que Ayotzinapa recordó al país entero que la impunidad sigue siendo el rostro más cruel del poder. Todos estos movimientos, diferentes en tiempo y forma, comparten un mismo espíritu, la búsqueda de justicia. Pero también, una misma debilidad, la falta de organización sólida, de dirección política clara, de unidad ideológica capaz de trascender la indignación momentánea. Y aquí surge la pregunta inevitable, si la juventud ha salido tantas veces a las calles, ¿por qué México sigue igual? ¿Por qué esas marchas, que comienzan con fuerza, terminan por diluirse en el tiempo?
La respuesta está en la ausencia de estructura, en la falta de una cabeza y una línea de acción concreta. La rabia sin rumbo se apaga; la esperanza sin organización se dispersa. Algunos movimientos lograron conquistas parciales, sí, pero sin una transformación profunda del sistema que genera la desigualdad, el resultado siempre es el mismo, la desmovilización, el desencanto, la cooptación o el olvido. No obstante, la historia también enseña que cuando los jóvenes logran combinar su energía con una orientación ideológica firme, los resultados son duraderos. En 1974, por ejemplo, un grupo de estudiantes socialistas encabezados por Aquiles Córdova Morán y Pedro Zapata Baqueiro transformó la Escuela Nacional de Agricultura en la Universidad Autónoma Chapingo. Lo hicieron con organización, con convicción política, con una visión socialista de la educación. No fue una explosión espontánea en redes, sino el fruto de años de trabajo y formación colectiva.
En 1999, la Federación Nacional de Estudiantes Revolucionarios “Rafael Ramírez” (FNERRR), que reunió a miles de estudiantes de distintos estados bajo una causa común, la defensa del derecho a la educación y la justicia social. Desde entonces, la FNERRR, junto con el Movimiento Antorchista, ha demostrado que la lucha estudiantil no solo puede ser visible, sino permanente, con presencia en todo el país, con líderes que dan la cara y con una línea ideológica clara. Han sabido combinar la protesta con la organización, la indignación con el trabajo concreto, la palabra con la acción. Por eso, frente a esta convocatoria de la llamada Generación Z, vale la pena reflexionar: ¿será que esta marcha cambiara la realidad de México o solo es una lucha espontanea? La juventud mexicana tiene una energía inmensa, pero si no se une bajo un proyecto común, si no se forma políticamente, si no se organiza, esa energía será consumida por la misma inercia que pretende combatir. La historia demuestra que las transformaciones verdaderas no nacen del impulso, sino de la conciencia. No de la moda, sino de la organización. Y esa es la gran tarea de esta generación, convertir su inconformidad digital en acción colectiva real.
El 15 de noviembre puede ser un punto de partida o un episodio más en la larga lista de movilizaciones frustradas. La diferencia dependerá de si esta juventud decide mantenerse como espectadora o asumir el papel histórico que le corresponde, el de construir una sociedad más justa, más libre y más consciente. Porque solo cuando la chispa se organiza, puede convertirse en fuego.







