Por: José Emilio Soto
Durante generaciones, el magisterio en México encarnó un doble compromiso: un llamado de servicio y una promesa de estabilidad. La formación normalista representaba más que una carrera; era un pacto social tácito. El Estado preparaba docentes y, a cambio, les ofrecía un lugar en el sistema educativo, una plaza que aseguraba dignidad, permanencia y un rol vital en la comunidad.
Hoy, ese pacto se ha resquebrajado. No por un accidente, sino por una falla sistémica profunda, cuya esencia puede condensarse en una frase reveladora: «Ya no es redituable que quieran ser maestros». Esta afirmación no es una opinión aislada, sino la confesión de un colapso anunciado. Detrás de estas palabras yace una ecuación perversa y un derroche masivo de ilusiones y recursos públicos. Solo en Durango se gradúan anualmente a mil nuevos maestros, mientras que el sistema educativo solo puede absorber, en un año excepcional, a noventa.
La aritmética es despiadada: por cada plaza disponible, más de diez egresados quedan en el limbo. ¿Qué justificación puede tener una sociedad que sigue alimentando esta máquina de generar frustración? Se está preparando a miles de jóvenes para el desempleo, el subempleo o la migración forzada a otros campos, esto trasciende un mero desajuste; es una falla ética e institucional contra una generación.
El origen del problema es estructural y conocido: el desplome demográfico. Tres años consecutivos de caída en los nacimientos, con una reducción del 8.5% solo entre 2023 y 2024, no son solo cifras del INEGI. Se traducen en aulas que se vacían, grupos que se fusionan y, en consecuencia, una demanda de nuevos docentes que se contrae aceleradamente. La pirámide poblacional se invierte y, con ella, se derrumba uno de los pilares históricos del empleo profesional en México. La advertencia demográfica lleva años sonando.
La pregunta incómoda persiste: ¿por qué el sistema de formación docente, financiado públicamente, ha hecho oídos sordos y continúa operando como si el contexto social no hubiera cambiado radicalmente desde el siglo pasado?
Ahí yace el núcleo de la negligencia: una ausencia total de planeación y sincronía entre la formación y la realidad. Las instituciones formadoras operan como fábricas anacrónicas, ajenas a las señales del mercado laboral y a las transformaciones sociales. Mantener este modelo no es solo un error de gestión; es un acto de injusticia institucionalizada, se genera una frustración masiva y se desaprovecha de manera obscena el talento, los años de estudio y, sobre todo, esa chispa vocacional que debería ser el bien más preciado del sistema educativo.
La declaración sobre la falta de rentabilidad de la docencia, por lo tanto, no debe leerse como un simple diagnóstico, sino como la sirena de alarma más estridente que ha sonado en años para el sistema educativo, exige, con urgencia, replantear dos aspectos fundamentales.
El primero es una reorientación radical de la formación docente, es imperativo diversificar sus planes de estudio de manera drástica. Las instituciones no pueden seguir siendo monocultivos para el aula tradicional, deben transformarse en centros para la formación de profesionales de la educación, con especialidades de alta demanda: educación especial, atención a la primera infancia, psicopedagogía, alfabetización digital, gestión educativa o diseño de materiales didácticos.
Además, se debe fomentar y facilitar la movilidad de estos profesionales hacia otros sectores donde sus habilidades pedagógicas, de organización y trato humano sean valoradas, como la capacitación laboral en empresas, el sector cultural o el desarrollo comunitario.
El segundo aspecto es más profundo y obliga a trascender el debate centrado únicamente en la cobertura. Si el futuro indica que se necesitarán menos maestros en términos absolutos, la ecuación obligada es que se necesitan maestros mucho mejores y en condiciones excepcionales.
La «rentabilidad» de la profesión no puede medirse solo en plazas disponibles, sino en el valor social que se le otorga y en las condiciones que se ofrecen. Esto significa, de una vez por todas, salarios dignos y competitivos que atraigan y retengan al talento, capacitación continua de alto nivel, escuelas equipadas con tecnología y un respaldo real frente a los desafíos del aula. Reducir la cantidad debe ir indisolublemente unido a elevar la calidad y el prestigio de la docencia.
Decir que ser maestro «ya no es redituable» es el baldazo de realidad más gélido que puede recibir un joven, pero, en el fondo, es un síntoma de una sociedad que ha devaluado su propia apuesta por el futuro. Permitir que la enseñanza deje de ser un horizonte viable para los jóvenes talentosos no es solo un error de mercado laboral; es una hipoteca sobre el porvenir del país.
El desafío que plantea este ocaso demográfico no es simplemente gestionar un declive, sino catalizar una reinvención. Paradójicamente, en un mundo complejo, digitalizado y lleno de desinformación, necesitamos más que nunca buenos maestros: profesionales críticos, creativos y bien respaldados.
El reto no es dejar de formarlos, sino dejar de formarlos para un mundo que ya no existe, y empezar a hacerlo para el que urgentemente necesitamos construir, de lo contrario, no solo estaremos cerrando puertas a una generación, sino condenando a la siguiente a una educación mediocre.
El ocaso de una vocación puede, y debe, ser el amanecer de una reinvención, de la respuesta colectiva ante esta alerta dependerá si este momento se convierte en un epitafio o en un punto de inflexión histórico.







