#Opinión // Elecciones 2027, la oportunidad para votar por algo distinto

febrero 17, 2026

Por: Lenin Nelson Rosales Córdova

México se encamina a las elecciones de 2027 en medio de un ambiente que, más que entusiasmo democrático, huele a cansancio social. La ciudadanía escucha discursos reciclados, promesas grandilocuentes y acusaciones cruzadas, pero pocas propuestas reales para transformar la vida cotidiana de millones de trabajadores que siguen atrapados entre salarios precarios, servicios públicos deficientes y comunidades olvidadas. Cambian los colores de los partidos, pero no cambia el fondo.

Durante décadas, el pueblo mexicano ha apostado por distintas fuerzas políticas con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida. Primero fue la hegemonía del viejo régimen, luego la alternancia, después la llamada “cuarta transformación”. Sin embargo, los datos duros muestran que la desigualdad persiste. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía ha documentado que más de 40 millones de personas siguen en situación de pobreza y que millones carecen de servicios básicos como agua potable o drenaje. Esa realidad no se resuelve con slogans.

Lo más preocupante es que, a la falta de propuestas, se suma una cadena de escándalos que cuestionan la honorabilidad de quienes aspiran a gobernar. El partido en el poder, Movimiento Regeneración Nacional, que llegó prometiendo combatir la corrupción, hoy enfrenta conflictos internos y señalamientos que contradicen su discurso moralizante. En Campeche, las pugnas públicas entre morenistas por candidaturas han exhibido luchas de grupo más preocupadas por cuotas de poder que por soluciones sociales.

En Chihuahua, las denuncias por uso político de programas sociales y campañas anticipadas muestran cómo los recursos públicos terminan convertidos en herramientas electorales. Los apoyos que deberían aliviar la pobreza se usan como moneda de cambio para condicionar el voto. No es política social: es clientelismo.

En la frontera norte, la figura de la gobernadora Marina del Pilar Ávila Olmeda ha estado rodeada de cuestionamientos por presuntos actos de corrupción y manejo opaco de recursos. Y en el occidente del país, el polémico caso del presidente municipal de Tequila, envuelto en escándalos que mezclan abuso de poder y frivolidad política, refuerza la percepción de que muchos cargos públicos se usan para el beneficio personal y no para servir.

Si miramos los informes de la Auditoría Superior de la Federación, año tras año aparecen observaciones por miles de millones de pesos sin comprobar en estados y municipios. Ese dinero perdido equivale a hospitales que no se construyen, escuelas sin mantenimiento, caminos rurales que nunca llegan. La corrupción no es una abstracción: se traduce en niños sin medicinas y familias cargando cubetas de agua.

Ante este panorama, el pueblo trabajador se queda sin opciones reales, los partidos tradicionales prometen cambios, pero reciclan candidatos cuestionados. Muchos políticos hablan de pobreza desde oficinas con aire acondicionado; visitan colonias populares solo para tomarse la foto de campaña. No conocen lo que significa no tener para comer o para pagar una consulta médica.

Por eso cobra sentido la propuesta histórica de organización popular que, desde hace más de medio siglo, ha impulsado el Movimiento Antorchista Nacional. Más allá de simpatías o críticas, el planteamiento es sencillo: la organización y politización del pueblo para luchar por una sociedad más justa para todos. Cuando la gente se une para exigir vivienda digna, redes de agua potable, pavimentación, drenaje o apoyos al campo, ya no depende del favor del político en turno; exige derechos con fundamento en la Constitución.

La historia demuestra que nada ha sido regalado, las conquistas laborales, educativas y sociales han nacido de la lucha colectiva. Pensar que un candidato “salvador” resolverá todo es una ilusión peligrosa (y ya lo vivimos en la elección del 2018).

Las elecciones de 2027 deberían ser, entonces, un momento de reflexión profunda. No basta con votar por costumbre o por enojo. Se necesita evaluar trayectorias, exigir propuestas concretas, castigar la corrupción y, sobre todo, fortalecer la organización desde abajo. Ha llegado la hora de pensar en nuevas formas de representación política que nazcan del pueblo mismo, de hombres y mujeres que conozcan en carne propia la carencia y no solo la estudien en informes. Ha llegado la hora de que surja el partido del pueblo organizado.

Si seguimos votando por más de lo mismo, los platos rotos los pagará, otra vez, el pueblo. Pero si la ciudadanía se educa políticamente, se organiza y lucha, puede cambiar el rumbo. Cuando el pueblo actúa unido, la historia se mueve. Y México necesita, más que colores partidistas, dignidad, conciencia y participación real.