#Crónica // Presa La Boquilla: donde el agua se aleja, pero la esperanza de los pescadores sigue viva

abril 17, 2026

Por: Fernando Ezequiel Montoya Montelongo

El amanecer en municipio de Valle de Zaragoza, donde antes el aire traía humedad, frescura y la promesa de una buena jornada, hoy levanta polvo, se cuela por la ropa y deja al descubierto la piel reseca de la presa La Boquilla. Aun así, cada mañana, cuando el cielo apenas comienza a clarear, 70 familias se levantan con el mismo propósito de siempre: salir a pescar, aunque el agua ya no alcance como antes, aunque el futuro sea cada vez más incierto, pero con la necesidad de seguir trabajando, pese a la sequía.

Necesidad que no acaba

A las cinco de la mañana, el silencio de la comunidad se rompe con pasos apresurados, motores viejos que tosen al encender y voces bajas que se desean suerte. Las manos, curtidas por años de trabajo, revisan redes parchadas una y otra vez. Cada nudo cuenta, cada remiendo es una forma de resistencia.

“Antes no batallábamos tanto”, comenta con voz entrecortada don Martín Luján, pescador desde hace más de 30 años. Su rostro, marcado por el sol, parece contar la historia completa sin necesidad de palabras. “Aquí cerquita echábamos la red y sacábamos buen pescado. Ahora tenemos que irnos más lejos, gastar más gasolina, y ni así es seguro que saquemos lo suficiente”.

Su lancha, como muchas otras, ya no toca el agua en el mismo sitio de hace unos años, la orilla retrocedió. Donde antes había movimiento y vida, hoy hay grietas. Caminar varios metros cargando el equipo se ha vuelto parte de la rutina, una rutina que desgasta.

La sequía no llegó de golpe; fue avanzando lento, casi imperceptible al principio. Pero con el tiempo se convirtió en una presencia constante, en un enemigo silencioso que lo cambió todo. Bajaron los niveles de la presa, disminuyó la reproducción de especies como la carpa y la mojarra, y con ello, el sustento de decenas de familias.

“Uno se acostumbra a luchar, pero esto ya es demasiado”, comparte Rosa Isela, esposa de pescador y madre de tres hijos. Mientras prepara el desayuno, hace cuentas mentales que nunca terminan de cuadrar. “Hay días en que mi esposo regresa con muy poco. A veces apenas alcanza para lo del día. Y uno tiene que ver cómo estirar el dinero: la comida, la escuela, las medicinas, la gasolina, todo”.

En su casa, como en muchas otras, el pescado no siempre se vende, a veces es lo único que hay para comer. Lo que antes era producto de comercio, hoy es también una forma de subsistencia directa.

Las cooperativas pesqueras, que agrupan a estas familias, han sido un sostén en medio de la crisis. Las familias se organizaron y juntos han logrado mantener cierta estabilidad, fijar precios que permitan cubrir costos y seguir operando. Con esta red de apoyo, alcanzan a producir, en ésta época de sequía, hasta tres toneladas mensuales, cifra muy por debajo de lo pescado en el 2021 que alcanzaba hasta las 9 toneladas.

“Lo poco que sacamos lo cuidamos mucho”, explica Javier Ornelas, joven pescador que heredó el oficio de su padre. “Aquí no hay otra cosa. Nosotros no sabemos hacer otra cosa. Y aunque quisiéramos buscar trabajo en otro lado, no es fácil dejar todo”.

Pero ni siquiera la organización ha sido suficiente para enfrentar todos los problemas. A la sequía se suma una competencia que consideran injusta. Pescadores independientes, que no forman parte de las cooperativas, venden el producto a menor precio, sin regulación ni costos fiscales.

“Nosotros tenemos gastos, permisos, acuerdos. Ellos no”, señala Javier. “Entonces llegan y venden más barato. La gente compra lo más económico, y nosotros nos quedamos con el pescado o tenemos que bajar precios. Es una lucha desigual”.

Las cooperativas han intentado que las autoridades intervengan. Han presentado denuncias, solicitado inspecciones, pedido orden. Pero las respuestas no llegan con la misma urgencia con la que crece la necesidad.

“Uno siente que está solo”, dice don Martín, mirando el horizonte seco. “Nos dicen que van a ayudar, pero mientras tanto, nosotros tenemos que seguir viendo cómo le hacemos”.

En medio de este panorama, los apoyos gubernamentales aparecen como un respiro, aunque breve. El municipio ha planteado la entrega de incentivos de hasta 8 mil pesos por productor, replicando esquemas del año anterior. También existe respaldo federal, aunque muchas veces tarda en materializarse y muchas veces condicionado o solo se anuncia para tomarse la foto, relata don Martín, con un rostro de decepción.

Las familias agradecen la ayuda, pero no resuelve el problema de fondo

“Sí ayuda, claro que ayuda”, reconoce Rosa Isela. “Pero no es algo fijo. No sabes cuándo llega, ni si va a volver. Y uno no puede vivir de eso. Nosotros vivimos de lo que se pesca”.

La incertidumbre es una constante. No solo por la sequía, sino por lo que representa a largo plazo. Los hijos de los pescadores crecen viendo una realidad distinta a la que vivieron sus padres.

“Yo aprendí de mi papá”, cuenta Javier. “Y me gustaría que mis hijos también aprendieran. Pero la verdad, no sé si este trabajo vaya a durar así. Cada vez está más difícil”.

Algunos jóvenes ya miran hacia otros rumbos: migrar, buscar empleo en ciudades cercanas, abandonar una tradición que ha definido a la comunidad por generaciones. Pero no todos pueden hacerlo.

“Salir tampoco es fácil”, dice Rosa. “Aquí al menos tenemos esto. Allá, quién sabe”.

Mientras tanto, la vida sigue marcada por el ritmo de la pesca. Las jornadas largas, el sol intenso, el agua cada vez más lejana. Las redes se lanzan con la misma esperanza de siempre, aunque el resultado sea incierto.

Hay días buenos, sí. Días en que la captura alcanza, en que el ánimo sube, en que se respira un poco de alivio. Pero son los menos.

La mayoría de los días son como este: de esfuerzo constante, de cuentas pendientes, de resistencia silenciosa.

En la orilla de La Boquilla, al caer la tarde, las lanchas regresan una a una. Algunas traen lo suficiente; otras, apenas lo necesario. Los pescadores descargan, cuentan, separan. Hay cansancio en sus movimientos, pero también una especie de terquedad digna.

Aquí rendirse no es opción

“Mientras haya agua, vamos a seguir”, afirma don Martín. “Aunque sea poca, aunque esté lejos. Esto es lo que somos”.

Recuerda cómo las políticas del gobierno federal del sexenio pasado fueron un caos, el llevarse el agua significaba dejarlos sin comer, fue un conflicto fuerte, pero la comunidad defendió su trabajo, la fuente vida en un estado arenoso.

La sequía ha puesto a prueba no solo la capacidad productiva de estas familias, sino su fortaleza emocional, su identidad, su forma de vida. Ha evidenciado la fragilidad de depender directamente de la naturaleza en un contexto cada vez más adverso. Pero también ha mostrado la resistencia de quienes, pese a todo, se niegan a abandonar.

En Valle de Zaragoza, la pesca no es solo un ingreso. Es historia, es herencia, es comunidad.

Y aunque el agua retroceda, ellos siguen avanzando.

Siguen levantándose antes del amanecer. Siguen remendando redes. Siguen lanzando sus esperanzas al agua, esperando que regresen convertidas en alimento, en sustento, en un día más de vida.

Porque aquí, donde la tierra se agrieta y el agua escasea, sobrevivir también es una forma de lucha. Y estas 70 familias llevan años librándola, antes en silencio, pero ahora exigiendo que las cosas cambien, ya entendieron que quedarse callados no es una solución, su batalla es digna, y mientras las cosas cambien, ellos seguirán trabajando con dignidad, con una red en las manos y con la esperanza de que sean escuchados.