#Opinión // México: un país demasiado rico para un pueblo tan pobre

mayo 7, 2026

Por: José Emilio Soto

La situación económica y social en México no es un simple bache en el camino; es una crisis estructural que asfixia a millones de familias trabajadoras. El aumento imparable de precios en bienes y servicios, la congelación salarial y la precariedad laboral no son accidentes, sino síntomas de un modelo económico que concentra la riqueza mientras la mayoría apenas sobrevive.

Según datos del INEGI, la inflación ha golpeado con saña los productos básicos: alimentos y transporte. Esto significa que el ingreso diario alcanza para menos. Las familias se ven obligadas a ajustar gastos, a sacrificar necesidades esenciales, a endeudarse o a empeñar sus pertenencias para no quedar en la intemperie.

Mientras tanto, los discursos oficiales se pierden en culpas externas: la guerra, el precio del petróleo, los mercados internacionales. Todo, menos asumir la responsabilidad que les corresponde.

Desde nuestra trinchera del Movimiento Antorchista, nos planteamos una verdad incómoda: este sufrimiento no es inevitable. Es el resultado de decisiones políticas que han dejado intacto el sistema de propiedad privada de los medios de producción.

Un sistema donde unos cuantos individuos, las mismas familias de siempre, acaparan capital gracias a la explotación de la mayoría. Y donde el mercado, lejos de distribuir justicia, opera como ley del más fuerte.

La pasada y la actual administración, envuelta en la promesa de una cuarta transformación, han resultado ser, en los hechos, una continuidad del viejo régimen neoliberal. Lo anunciaron con bombo y platillo: gasolina a diez pesos, salud de Dinamarca, fin de la corrupción.

La realidad es otra: el precio de la gasolina no deja de subir, el sistema de salud está colapsado (con enfermedades como tos ferina y sarampión reapareciendo por falta de presupuesto), y la corrupción sigue siendo moneda corriente.

Lo más grave es el despilfarro. En 2024, el gobierno “echó la casa por la ventana” para favorecer la candidatura de Morena. El gasto aumentó 8.9%, los subsidios crecieron 11.5% y el déficit público se disparó 51.2%. Hoy, pagamos las consecuencias: en 2025 el gasto programable cayó 7.6%, lo que significa 89 mil millones de pesos menos para vivienda, agua potable, escuelas, salud.

La respuesta de las autoridades es siempre la misma: “no hay”. No hay para las colonias que llevan quince años sin drenaje. No hay para los enfermos que mueren esperando medicinas. No hay para los jóvenes que ven cerradas sus oportunidades.

Pero sí hay para los ricos. Mientras Carlos Slim, Germán Larrea y Ricardo Salinas Pliego incrementaron sus fortunas en 48 mil millones de dólares solo en 2023, el equivalente al 13% del PIB nacional, más de la mitad de los mexicanos sobrevive con menos de 6 mil pesos al mes. Esto no es una falla del sistema; es el sistema funcionando a la perfección.

El gobierno presume de austeridad republicana, pero esa austeridad es selectiva: recorta salud, educación y obra pública, mientras mantiene intactos los privilegios del gran capital. No aumenta impuestos a los millonarios, no implementa una política fiscal progresiva, no toca las raíces de la desigualdad. Y entonces, ¿qué queda para el pueblo? Migajas, promesas rotas y una burocracia entrenada para decir que no.

Ante este panorama, la única salida no es esperar a que el gobierno “despierte” o confiar en que la oposición ofrezca soluciones mágicas. La historia nos ha enseñado que ni unos ni otros están dispuestos a cambiar el fondo del problema.

La verdadera transformación requiere de un actor distinto: el pueblo organizado, como lo ha señalado nuestro secretario general del Movimiento Antrochista, el Maestro Aquiles Córdova Morán, el primer paso es la organización. No basta con protestar; hay que educar, concientizar y dar tareas revolucionarias a los jóvenes.

Hay que construir un partido político de nuevo tipo, un partido de los trabajadores, que no negocie con los privilegiados, que no se avergüence de defender la propiedad social de los medios de producción y que ponga la riqueza nacional al servicio de las mayorías.

México es un país rico; pero esa riqueza está secuestrada por unos cuantos. La inflación, el desempleo, la violencia, la falta de salud y educación no son castigos divinos ni fenómenos naturales; son el resultado de un sistema que premia la acumulación y castiga el trabajo. Si no lo cambiamos ahora, la tormenta no cesará y lo pagarán, como siempre, los de abajo.

La pregunta ya no es si habrá cambio, sino quién lo hará. Si seguimos esperando que los de arriba tengan compasión, seguiremos esperando sentados.

La fuerza está en el número, pero ese número necesita convertirse en conciencia y acción, o nos organizamos, o nos hundimos.