Por: Euribiades García Córdova
Entre los seres mitológicos suelen citarse a dos monstruos igualmente temibles por su capacidad de hacer naufragar embarcaciones grandes y de acabar con sus tripulantes, llamados Escila uno, y el otro Caribdis, que suponen la referencia a escollos naturales que representaban el peligro de zozobrar para quienes se aventurasen a transitar por la zona.
En los tiempos que corren estamos, como país, en una situación delicada en la que debemos atravesar por un estrecho peligroso que nos plantean las condiciones históricas, en las cuales debemos evitar naufragar. Me refiero al verdadero pueblo de México, muy concretamente a las grandes masas trabajadoras y empobrecidas, a los mexicanos de a pie que todos los días tenemos que trabajar como sea y en lo que sea con tal de ganar unos pesos, pues a diario estamos con el Jesús en la boca porque no contamos con los recursos suficientes y estamos inermes ante las acechanzas y peligros, víctimas de las carencias de todo tipo que nos hacen vulnerables ante todo y ante todos sin tener garantizada siquiera la existencia plena, por lo que tenemos que arrastrar nuestra miseria preocupados siempre por la supervivencia diaria: malcomiendo, sin un techo seguro, sin educación básica mínimamente garantizada, menos la media superior y superior; sin los servicios básicos y con la salud muy lejos de nuestro alcance, etcétera.
Los peligros actuales son, sobre todo, creo yo, de tipo político; me refiero a que tiene que ver con el poder del país, es decir, con quién toma de decisiones en todas las materias, incluida la económica, que afectan en un sentido o en otro, positiva o negativamente, a los intereses de todos los mexicanos. Y estos problemas hoy tienen que ver con dos corrientes muy definidas: la llamada “ultraderecha” y la autoproclamada “izquierda” oficial o 4T, que son los que gobiernan actualmente pero que no representan, por lo que se ve en sus hechos, auténticamente los intereses fundamentales de las grandes mayorías. Me explico: El capitalismo de la época actual, el imperialismo, caracterizado por los grandes monopolios a nivel internacional con una decena de familias dueñas de casi toda la riqueza mundial en forma de capital que se agranda constantemente a costa de la miseria del resto de la sociedad, está en crisis y franca decadencia, perdiendo la partida incluso en el terreno económico ante el mundo multipolar; pero en los estertores de la agonía este sistema económico tira coletazos tratando de someter a su antojo a todo el mundo para sobrevivir, para lo cual necesita de aliados y de simpatías dentro de las naciones para poder hacer su voluntad dentro de los países que quiere someter.
Creo, por tanto, que es cierto que, en los hechos, las opiniones que quieren hacer ver como un acierto la intervención extranjera en los asuntos que le corresponde sólo a los mexicanos resolver es un problema de injerencia que lesiona y conculca la soberanía. Y ese, es el problema agudo que, de no atenderse, las repercusiones son nefastas e inmediatas. Sin embargo, hacer caso a quienes opinan que todo está bien y que debe permanecer tal como está (sin corrección de las desviaciones y fallas evidentes como el estancamiento real de la economía; el desastre en seguridad pública, salud, infraestructura carretera y urbana, vivienda; la corrupción y todos los demás aspectos de la vida social de los mexicanos), no es posible porque resulta pura demagogia la aclamada soberanía del país, sólo una buena intención, pero nada más. En términos médicos pudiéramos caracterizarlo como un cáncer que de no revertirse acabará también con la pervivencia de la sociedad.
Ahora bien ¿Está todo perdido? No. Sí hay cura: la concientización para la organización del pueblo, la politización para que las masas sean conscientes no sólo de su número y potencia como fuerza transformadora, sino además como conocedora profunda de para qué utilizar esa fuerza que representa, en caso de conseguirla, para que los frutos de su lucha le beneficien real y profundamente; es decir, para que sus logros sean no sólo en el terreno material inmediato que le ayuden a salir del problema sólo por un momento o por unos días, sino para que sean de efecto permanente. Y eso requiere que sean las propias masas, bien orientadas y dirigidas, las que determinen el rumbo y las medidas concretas en todos los ámbitos de la vida social, económica y política del país; para que sean ellas las que determinen el desarrollo no sólo de la producción sino también de la distribución de la riqueza social. Y eso, desde luego no lo quiere la ultraderecha, ni lo garantiza la seudo izquierda aunque lo diga, pues sólo mediatiza al pueblo llamándose su representante pero sirviendo también, aunque no abiertamente, a los grandes intereses de las clases dominantes en el país y en el mundo. De cualquier modo, aunque la gravedad de los padecimientos es evidente, la urgencia tiene sus prioridades. Necesita el pueblo de México atender sus problemas sin provocar males mayores y debe hacerlo con inteligencia y firmeza, pero esa firmeza solo la garantiza la sociedad unida, organizada y consciente. Por eso debe superar tanto a una como a otra de las corrientes, para dar paso, a la auténtica organización del pueblo trabajador. Ese es el reto y la solución, desde mi punto de vista.








