Por: Lenin Nelson Rosales Córdova
La juventud mexicana vive uno de los momentos más decisivos de la historia reciente. Nunca antes había tenido tanta información al alcance de la mano, nunca antes había conocido con tanta claridad las injusticias, las desigualdades y los abusos que se cometen todos los días contra millones de trabajadores, campesinos, estudiantes y familias pobres del país. Hoy los jóvenes saben perfectamente que en México hay regiones enteras donde falta agua, empleo, transporte digno, vivienda y oportunidades reales; saben que miles de profesionistas egresan cada año para encontrarse con salarios miserables o con la humillación de tocar puertas sin obtener trabajo; saben que la riqueza del país está concentrada en unas cuantas manos mientras millones sobreviven apenas con lo indispensable. Y precisamente por eso, porque conocen la realidad de primera mano, la juventud tiene una enorme responsabilidad histórica: abrazar la lucha de los pobres y ponerse del lado del pueblo trabajador.
Porque lo que hoy no se haga por México, mañana lo pagarán ellos mismos. Cada injusticia tolerada, cada abuso normalizado y cada problema ignorado se convertirá en una carga más pesada para las nuevas generaciones. El futuro no aparece por arte de magia. El futuro se construye o se destruye desde el presente. Y si hoy la juventud decide permanecer indiferente, entretenida únicamente en las redes sociales, en las modas pasajeras o en el individualismo que promueve este sistema económico, mañana heredará un país todavía más desigual, más violento y más deshumanizado.
El problema es que desde el poder se impulsa justamente esa visión cómoda y conformista de la juventud. El partido gobernante, Morena, intenta vender la idea de que ser joven consiste únicamente en recibir apoyos económicos del gobierno sin exigir un esfuerzo colectivo, organización social ni conciencia política. Bajo un discurso aparentemente progresista, se está formando una generación acostumbrada a esperar dádivas y no a convertirse en protagonista de la transformación nacional. No buscan ciudadanos críticos ni jóvenes pensantes; buscan votantes agradecidos.
La lógica es muy simple y peligrosa: “quien paga manda”. Si el gobierno entrega el dinero, entonces cree tener derecho a decidir cómo debe actuar, pensar y votar la juventud mexicana. Se sustituye la conciencia social por la dependencia política. Y eso representa un enorme retroceso para cualquier sociedad que aspire a ser verdaderamente libre.
Pero los jóvenes mexicanos no nacieron para ser simples piezas electorales ni para convertirse en números dentro de programas asistenciales. La juventud tiene inteligencia, creatividad, rebeldía y energía suficientes para cambiar el rumbo del país. Lo que necesita es organización, formación política y objetivos superiores a la simple sobrevivencia individual.
Por eso resulta tan importante el trabajo que durante décadas ha realizado el Movimiento Antorchista con miles de jóvenes en todo el país. Mientras otros ven a la juventud únicamente como una cantera de votos, Antorcha la ve como una fuerza transformadora capaz de encabezar las luchas sociales del pueblo mexicano. Ahí están las espartaqueadas deportivas y culturales, donde miles de jóvenes encuentran espacios para desarrollar disciplina, talento, arte y conciencia colectiva. Ahí están las actividades culturales llevadas hasta las colonias populares y barrios marginados donde jamás llegan las grandes inversiones privadas ni los programas culturales oficiales. Ahí están las escuelas, los grupos de danza, música, poesía y deporte que rescatan a muchos jóvenes de la apatía, las drogas y la violencia.
México necesita más cerebros comprometidos con las causas populares. Necesita más manos dispuestas a luchar junto al pueblo. Necesita jóvenes que no se conformen con repetir consignas vacías ni con esperar eternamente una ayuda gubernamental. Necesita líderes verdaderos, hombres y mujeres capaces de ponerse a la cabeza de la sociedad para defender los intereses de quienes producen la riqueza nacional y, sin embargo, siguen viviendo en condiciones miserables.
Hoy el futuro de millones de jóvenes es incierto porque el modelo económico actual no busca el reparto equitativo de la riqueza. Este sistema sólo utiliza a la juventud como mercado de consumo, como mercancía política y como mano de obra barata. Les vende modas, falsas necesidades y sueños individuales mientras destruye lentamente la posibilidad de construir una vida digna para todos. Bajo la lógica de mercancía y ganancia, el ser humano deja de importar. Lo importante es cuánto produces, cuánto consumes y cuánto beneficio económico generas para unos cuantos grupos privilegiados.
Y mientras tanto, millones de jóvenes viven atrapados entre la precariedad laboral, los bajos salarios, la violencia, el desempleo y la desesperanza. Muchos estudian durante años para terminar aceptando trabajos mal pagados; otros abandonan sus sueños porque la pobreza los obliga a sobrevivir antes que a desarrollarse plenamente. Esa no puede seguir siendo la realidad de México.
Por eso urge que la juventud sacuda ese modelo individualista y abrace una visión más humana, más solidaria y más equitativa de la sociedad. Una visión donde el bienestar colectivo esté por encima del egoísmo; donde la cultura, el deporte y la educación sean derechos reales para todos; donde la riqueza nacional sirva para mejorar la vida del pueblo y no para enriquecer a una minoría.
La historia demuestra que las grandes transformaciones sociales siempre han necesitado de jóvenes valientes. Jóvenes inconformes. Jóvenes capaces de mirar más allá de sí mismos y entender que la felicidad individual nunca será completa mientras millones vivan en la miseria. Hoy México necesita precisamente eso: juventud consciente, organizada y combativa.
La juventud tiene en sus manos la posibilidad de construir un país distinto. Pero el tiempo avanza y los problemas crecen. Cada día que pasa sin organización popular fortalece a quienes desean un pueblo dividido, indiferente y sometido.
Por eso hoy el llamado es claro y urgente: jóvenes, no permitan que les roben el pensamiento ni el futuro. No nacieron para obedecer ciegamente ni para vivir dependiendo eternamente de un apoyo gubernamental. Nacieron para pensar, crear, luchar y transformar la realidad.
México necesita su fuerza, su inteligencia y su rebeldía.







