Por: José Emilio Soto
Cada cuatro años, el futbol se convierte en el idioma universal que une a naciones y silencia, por unas semanas, las diferencias. Las pantallas se tiñen de verde, las conversaciones giran en torno al árbitro y el gol de último minuto, y los gobiernos se envuelven en la bandera para mostrar al mundo una postal de orden y festividad.
México, sede compartida del Mundial 2026, no es la excepción. Pero mientras el balón rueda y las gradas se llenan de júbilo en el Estadio Azteca, fuera de los reflectores, el país sigue desangrándose con una herida que ningún partido podrá curar.
El espectáculo inaugural, con Shakira y el ritmo de Maná, fue un despliegue de poder blando; adentro, 80 mil almas vitoreaban; afuera, una realidad paralela se manifestaba: maestros del SNTE, la CNTE y la Ceteg, estudiantes de Ayotzinapa y, sobre todo, madres buscadoras, alzaban la voz mientras eran replegadas por escudos antimotines.
Sus pancartas no pedían autógrafos; pedían justicia por los 134 mil desaparecidos que convierten a México en un cementerio de vivos. La imagen era brutalmente contrapuesta: la alegría coreografiada de un espectáculo de primer mundo contra el dolor tangible de un país en crisis.
La historia no es nueva, pero duele cada vez. Los grandes eventos deportivos son una industria de miles de millones de dólares. La cobertura masiva no es un acto de buena voluntad, sino un negocio rentable que satura el debate público.
Mientras la televisión analiza las probabilidades de la selección, es casi inexistente el espacio para discutir por qué México se ha convertido en uno de los países con más personas desaparecidas del mundo. La saturación informativa actúa como un opio moderno: nos entretiene para que no preguntemos, para que no veamos la podredumbre bajo el tapete.
Sin embargo, el problema de fondo no es el futbol, sino la estructura que permite que las desapariciones y la violencia sean el paisaje cotidiano.
La explicación fácil es culpar a la delincuencia organizada, pero eso es quedarse en la superficie. ¿Por qué los jóvenes se convierten en presa fácil del crimen? Porque un país que ofrece incertidumbre como horizonte, donde el 10 % más rico acapara el 71 % de la riqueza, mientras millones sobreviven con salarios insuficientes y sin oportunidades, es un caldo de cultivo para la desesperanza.
La falta de empleos dignos, la precariedad educativa y la exclusión no son excusas para la violencia, pero sí son sus detonantes.
El informe de Oxfam México es lapidario: el gobierno dejó de recaudar 1.58 billones de pesos en 2025 por estímulos fiscales que benefician desproporcionadamente a los más ricos; ocho de cada diez pesos de deducciones por vehículos van a las grandes empresas.
Mientras se subsidia al capital, se descuida el tejido social: la deuda pública se acerca al 60 % del PIB, y la inversión fija bruta cae, demostrando que el «Plan México» de la presidenta Sheinbaum choca con una realidad que no cede: el nearshoring no llega si no hay certeza jurídica, y el crecimiento se estanca.
La presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que el mensaje del Mundial fue de «alegría y felicidad», quizás para los que estaban dentro del estadio o para los que pueden pagar un boleto, pero para las madres buscadoras que envejecen recorriendo carreteras, no hay alegría.
Para los normalistas de Ayotzinapa, que llevan más de una década esperando respuestas, el tiempo no corre a favor. La brecha entre ricos y pobres no cede, y mientras la riqueza se acumula en pequeños grupos, el Estado carece de recursos para atender lo urgente.
Este Mundial terminará, los reflectores se apagarán y el país volverá a su rutina, pero los desaparecidos no regresarán por arte de magia ni porque el equipo nacional haya ganado o perdido. La verdadera grandeza de una nación no se mide por la organización de eventos internacionales, gastando miles de millones, ni por el número de espectadores; se mide por la capacidad de garantizar una vida digna y segura para su pueblo.
Por eso el Movimiento Antorchista Nacional propone cuatro ejes principales para cambiar el modelo económico actual: empleo para todos, salarios dignos, política fiscal equitativa y reorientación del gasto.
Es una hoja de ruta que choca con los intereses del poder económico, pero es la única vía para cerrar la brecha. Mientras no se atiendan las causas estructurales de la violencia, la desigualdad y la falta de oportunidades, las desapariciones seguirán siendo el telón de fondo de cualquier fiesta.
No se trata de abolir el futbol ni la alegría, se trata de no permitir que el espectáculo nos vuelva cómplices de la injusticia. Porque cuando la injusticia se vuelve costumbre, quienes sufren quedan cada vez más solos.
Y en un país con 134 mil ausencias, la peor desaparición es la de la conciencia crítica. Apaguemos la pantalla un momento y miremos al otro lado de la calle. Ahí está la realidad, ahí está México.







