Por: Noel González Jiménez
En el norte de México hay familias que hoy viven una emergencia silenciosa, mientras las autoridades federales concentran buena parte de su atención en proyectos políticos, eventos internacionales y en la organización de la Copa Mundial de Futbol, miles de ciudadanos enfrentan una realidad mucho más urgente: la falta de agua, las temperaturas extremas y el abandono gubernamental.
La sequía dejó de ser una contingencia temporal para convertirse en una crisis permanente. Año tras año, los habitantes de estados como Chihuahua, Sonora, Coahuila, Durango, Nuevo León y Tamaulipas observan cómo disminuyen las lluvias, se secan los cuerpos de agua y se deterioran las condiciones para producir alimentos, mantener el ganado y garantizar el acceso al recurso más básico para la vida.
Lo más preocupante es que esta situación ya no sorprende a nadie. Sabemos que llegará el verano, sabemos que habrá temperaturas extremas y sabemos que cientos de comunidades enfrentarán problemas de abastecimiento. Sin embargo, las acciones gubernamentales siguen siendo insuficientes. La pregunta es inevitable: ¿qué se ha hecho realmente para evitar que cada año se repita la misma tragedia?
En diversas regiones del norte del país, los termómetros han alcanzado e incluso superado los 50 grados centígrados. Son condiciones que ponen en riesgo la salud y la vida de miles de personas. No se trata únicamente de incomodidad; hablamos de golpes de calor, deshidratación severa, enfermedades respiratorias y complicaciones médicas que afectan principalmente a los sectores más vulnerables.
Los niños y los adultos mayores son quienes pagan el precio más alto, muchos menores deben soportar jornadas escolares en instalaciones sin la infraestructura adecuada para enfrentar temperaturas extremas. Por su parte, los adultos mayores enfrentan mayores riesgos de deshidratación y complicaciones cardiovasculares. En numerosas comunidades rurales, incluso conseguir agua potable se ha convertido en una tarea diaria que exige tiempo, esfuerzo y recursos que muchas familias simplemente no tienen.
Frente a esta realidad, resulta indignante observar cómo la inversión en infraestructura hídrica continúa siendo insuficiente. Durante años se han pospuesto proyectos de modernización de redes de distribución, construcción de presas, sistemas de captación de agua de lluvia, plantas de tratamiento y programas de tecnificación agrícola que podrían ayudar a enfrentar mejor los efectos de la sequía.
No se puede culpar únicamente a la naturaleza. Es cierto que el cambio climático ha intensificado fenómenos extremos en todo el mundo, pero también es cierto que la falta de planeación, prevención e inversión ha agravado las consecuencias para millones de mexicanos. Cuando una crisis se repite año tras año y las autoridades no actúan con la seriedad requerida, el problema deja de ser natural para convertirse también en una responsabilidad política.
La realidad es que el norte del país no puede seguir esperando, las familias que dependen del campo necesitan apoyo. Los municipios requieren infraestructura moderna. Los sistemas de agua potable necesitan mantenimiento y ampliación. Los hospitales y centros comunitarios deben contar con recursos para atender emergencias derivadas del calor extremo. Todo ello demanda voluntad política y una visión de largo plazo que hoy parece ausente.
Mientras tanto, la ciudadanía tampoco puede permanecer indiferente, es fundamental que las personas adopten medidas para protegerse durante esta temporada de calor: mantenerse hidratadas, evitar la exposición prolongada al sol, cuidar especialmente a niños y adultos mayores, y atender cualquier síntoma relacionado con golpes de calor. Estas acciones pueden salvar vidas.
Pero además de cuidarnos, debemos exigir respuestas, la sequía no puede seguir siendo tratada como una noticia de temporada que desaparece cuando llegan las primeras lluvias. Es necesario que la sociedad levante la voz y demande políticas públicas efectivas, inversión sostenida y estrategias reales para enfrentar una problemática que afecta directamente la calidad de vida de millones de mexicanos.
No podemos controlar a la naturaleza, no podemos evitar que las temperaturas aumenten ni que los ciclos climáticos cambien. Lo que sí podemos hacer es prepararnos mejor, invertir en prevención y construir comunidades más resistentes frente a los desafíos ambientales.
El norte de México merece algo más que discursos y promesas, merece acciones concretas. Porque mientras algunos celebran eventos internacionales y proyectos de imagen, hay familias enteras luchando cada día por algo tan elemental como tener agua para vivir. Y esa realidad, por incómoda que resulte, no puede seguir siendo ignorada.







