# Opinión // Cuando los poderosos pelean, los pobres siempre pagan

julio 23, 2026

Por: Pedro Pérez Gómez

Cuando en las noticias escuchamos hablar de guerras, conflictos internacionales o enfrentamientos entre grandes potencias, muchos pensamos que se trata de problemas lejanos que poco tienen que ver con nuestra vida diaria. Sin embargo, la realidad demuestra exactamente lo contrario. Cada vez que los países más poderosos del mundo entran en disputa por el control de los mercados, del petróleo, del gas o de los recursos naturales, las consecuencias terminan llegando hasta la mesa de millones de familias trabajadoras. Aumentan los precios de los alimentos, suben los combustibles, se encarecen los productos básicos, disminuye el empleo y la pobreza se vuelve más profunda. Como siempre, quienes menos tienen son los que pagan el costo de las decisiones de quienes controlan la economía mundial.

Durante la ceremonia de graduación de las instituciones de educación superior del Movimiento Antorchista en Tecomatlán, Puebla, el secretario general de la organización, Aquiles Córdova Morán, explicó que el mundo atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. Señaló que la creciente confrontación entre las principales potencias económicas no obedece únicamente a diferencias políticas o ideológicas, sino a la necesidad de controlar mercados, materias primas estratégicas y fuentes de energía que permiten mantener el crecimiento económico de los países más desarrollados.

La explicación es sencilla. Ninguna gran potencia quiere perder el control de las enormes riquezas que existen en el planeta. Hoy el litio, el cobre, el níquel, el cobalto y otros minerales son indispensables para fabricar automóviles eléctricos, computadoras, teléfonos celulares, baterías y nuevas tecnologías. Por ello, organismos internacionales como la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) y la Agencia Internacional de Energía advierten que la competencia por estos recursos será cada vez mayor.

En esta disputa destacan dos protagonistas: Estados Unidos y China. Durante muchos años, Estados Unidos dominó prácticamente toda la economía mundial; sin embargo, el impresionante crecimiento industrial y tecnológico de China ha modificado el equilibrio internacional. Hoy el gigante asiático concentra cerca de una tercera parte de la producción manufacturera mundial y domina buena parte del procesamiento de minerales estratégicos utilizados por las industrias más avanzadas.

Cuando una potencia siente amenazada su posición, intenta conservarla utilizando todos los mecanismos a su alcance. Primero aparecen las presiones económicas, los bloqueos comerciales, las sanciones financieras y la intervención política en otros países. Si eso no basta, la historia demuestra que las guerras terminan siendo utilizadas para imponer intereses económicos. América Latina conoce muy bien esta realidad, pues durante décadas numerosos gobiernos sufrieron golpes de Estado o fuertes presiones externas para favorecer intereses extranjeros.

Los datos actuales son preocupantes. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) informó que en 2024 el gasto militar mundial superó los 2.7 billones de dólares, el nivel más alto desde que existen registros. Al mismo tiempo, las potencias con armas nucleares continúan modernizando sus arsenales. Mientras tanto, millones de personas en el mundo siguen padeciendo hambre, falta de vivienda, desempleo y carencias en los servicios de salud y educación.

Resulta inevitable preguntarse: ¿por qué existen recursos suficientes para fabricar armas, pero nunca alcanzan para combatir la pobreza? La respuesta está en un sistema económico que coloca las ganancias por encima de las necesidades de los pueblos. Para quienes controlan el capital internacional, la guerra representa enormes negocios; para los trabajadores significa sufrimiento, inflación, desempleo y mayor incertidumbre.

Frente a este panorama, Aquiles Córdova Morán recordó una verdad que con frecuencia se olvida: toda la riqueza material de cualquier país es producida por el pueblo trabajador. Son los campesinos quienes producen los alimentos; los obreros quienes transforman las materias primas; los maestros quienes forman a las nuevas generaciones; los trabajadores de todos los sectores quienes hacen funcionar la economía. Sin ellos, ninguna empresa, ningún gobierno y ninguna potencia podrían sostenerse.

Pero esa enorme fuerza permanece dispersa mientras el pueblo no esté organizado. Cuando cada trabajador enfrenta solo los problemas económicos, resulta muy difícil defender sus derechos. En cambio, cuando existe organización, conciencia y unidad, los pueblos pueden exigir mejores condiciones de vida y participar activamente en la construcción de un país más justo.

También es necesario defender nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestra identidad nacional. Un pueblo que conoce su historia y valora sus raíces está mejor preparado para resistir cualquier intento de dominación económica o cultural. La soberanía no sólo se protege con leyes o instituciones; también se fortalece preservando aquello que nos identifica como nación.

Hoy México enfrenta grandes desafíos internos, pero también forma parte de un mundo cada vez más inestable. Por ello, trabajadores, campesinos, amas de casa, estudiantes y pequeños comerciantes debemos comprender que los problemas internacionales terminan afectando directamente nuestra vida cotidiana. No basta con observar los acontecimientos desde lejos. Es indispensable informarse, analizar las verdaderas causas de los conflictos y fortalecer la organización popular. Sólo un pueblo consciente y unido podrá defender la paz, la soberanía nacional y el derecho de las futuras generaciones a vivir con justicia, dignidad y oportunidades para todos.