#Opinión // La política de los ricos y el poder de los trabajadores

julio 23, 2026

En la política de siempre, tristemente, sólo cuentan los que tienen los bolsillos llenos. A la gente sencilla, a los que vivimos del jale y del sudor nos tienen en la orilla. Solo nos voltean a ver cuando andan en campaña y necesitan nuestro voto. En esos días, la mayoría de los candidatos se vuelven «los mejores amigos del campesino» y «los defensores de los trabajadores». Pero no les crea, es pura labia.

Porque en cuanto agarran la silla, todo cambia. Las promesas se vuelven verdades a medias o engaños completos. Les pedimos caminos, agua potable o un drenaje que sirva, y nunca llegan. Y si uno se acerca a reclamarles por qué nos abandonaron, ahí empiezan las excusas: que si la administración pasada dejó todo mal, que si el gobierno de allá, que si la ley no les permite, que si no hay presupuesto. ¿No les parece curioso? Cuando quieren el poder, tienen todas las respuestas; cuando ya lo tienen, encuentran todos los pretextos.

Esto ha pasado por muchos años, y el que no lo crea, que se asome a la historia. Pero hay que acordarnos bien de los viejos tiempos, de los gobiernos de los caciques de antes. Esos señores tenían a Santo Domingo en el abandono más grande. Comunidades enteras sin luz, sin agua potable, sin una escuela digna, ni un centro de salud. Parecía que esos pueblos no existían en el mapa para ellos. Todo era olvido y miseria. Pero fíjese bien, cuando llegaron los gobiernos populares salidos de la Antorcha, los de pura gente de trabajo y campesinos como nosotros, la cosa cambió. Ahí sí se vieron caminos firmes, escuelas bonitas y apoyos de verdad. Compare nomás: los caciques solo nos dejaron polvo y pobreza; los gobiernos de nuestra gente nos dejaron desarrollo y futuro. La prueba está a la vista de todos.

Y es que los que siempre han gobernado, los ricos o los que quieren hacerse ricos, no saben lo que duele una cosecha mal pagada o lo que es tener que trabajar dos turnos para llegar a fin de mes. Ellos no sufren cuando falta el agua en la llave o cuando el camino está intransitable. Pero ahí está el detalle: todos esos programas sociales de los que tanto presumen, se pagan con nuestros impuestos. Se pagan con el dinero que nos descuentan a los que batallamos en el campo y en la ciudad, a los que ponemos la esperanza en que el maíz o el frijol se paguen bien.

No se trata sólo de que nos tomen en cuenta para las fotos. Tenemos que entender que nosotros, la gente de trabajo, también sabemos gobernar. Pero para eso hace falta organizarse. Porque no basta con ser muchos; hace falta estar bien unidos y estructurados. Pasa igual que con las piedras de cantera: si las tiene tiradas y amontonadas, no sirven para nada, pero si las pone una sobre otra con orden, hace una pared firme o una casa que aguanta todos los temblores. Los antorchistas lo hemos repetido hasta el cansancio: la organización nos sirve para defendernos, pero también para gobernar con honradez. Y cuando lo hemos hecho, los resultados hablan por sí solos.

Por eso, la lucha de los campesinos organizados, de las amas de casa y de todos los trabajadores tiene que ser diaria. No podemos quedarnos cruzados de brazos, porque si no, volvemos al pasado, a esos gobiernos que sólo piensan en su prestigio personal, que abandonan sus compromisos y que nos simulan un amor al pueblo que es puro cuento. Los trabajadores de Santo Domingo ya demostramos que podemos hacer un mejor papel. Lo hicimos antes y podemos volver a hacerlo. Así de claro.