Por: Martín González Ávila
Para un correcto análisis de cualquier fenómeno de la realidad mexicana, sea la educación, la salud, la cultura o el deporte, debemos observar primero la estructura social que los produce: un mercantilismo modernizado que, como política económica gobernante, ha moldeado el país en las últimas décadas.
Este modelo, heredero del mercantilismo clásico de los siglos XVI y XVII que medía la riqueza de las naciones por su capacidad de acumular metales preciosos, se ha transformado en nuestra época en un neomercantilismo mucho más sofisticado y perverso. En esta versión contemporánea, el Estado y las grandes corporaciones tejen una alianza estratégica donde lo público se pone al servicio de lo privado, generando ganancias exuberantes para unos pocos a costa del trabajo y el bienestar de las mayorías.
La consecuencia inevitable de esta política es un país estructuralmente desigual. El crecimiento económico, cuando existe, no se traduce en desarrollo humano. Las mayorías trabajadoras enfrentan jornadas laborales agobiantes, salarios que apenas cubren lo indispensable y un acceso limitado, cuando no nulo, a derechos fundamentales como la educación integral, la cultura y, por supuesto, el deporte.
La política mexicana, secuestrada por esta lógica mercantil, ha convertido todo en mercancía, y el Estado, en lugar de ser el garante constitucional del bienestar, actúa frecuentemente como el principal administrador de los intereses de los más poderosos.
Esta estructura económica, que prioriza la acumulación sobre las personas, produce necesariamente un deporte mercantilizado: espectacular, excluyente y profundamente desigual. La situación actual del deporte en México no es un accidente ni fruto de la casualidad; es la consecuencia directa e inevitable de la política que hemos descrito.
La lógica del modelo es brutalmente coherente: mientras se desmantela sistemáticamente el presupuesto destinado a la formación de atletas y al deporte popular, se engrosan las arcas del deporte-negocio y del espectáculo mediático. Durante el sexenio pasado, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE) sufrió una disminución de más del 51% en su presupuesto, alcanzando en 2022 su nivel más bajo en 15 años, lo que significó la práctica eliminación del programa de Alto Rendimiento y el abandono de la infraestructura deportiva básica en todo el país.
Paradójicamente, o quizá coherentemente con el modelo, mientras se abandona al deporte popular, el gobierno destina cantidades multimillonarias al deporte-espectáculo.
Para la organización del Mundial de Fútbol 2026, el gobierno federal invertirá directamente cerca de 2 mil millones de pesos, más otros 14 mil millones en obras conexas, en la Ciudad de México. Este evento, lejos de ser una fiesta popular, es un negocio reservado para turistas adinerados y unos pocos mexicanos con altos ingresos, con boletos que oscilan entre 32 mil y 60 mil pesos, una cifra impagable para los más de 90 millones de mexicanos que viven en condiciones de pobreza. Los verdaderos beneficiarios son las grandes empresas: constructoras como Grupo Carso, transnacionales de alimentos y bebidas, y el sector turístico de lujo.
El Estado, fiel a su rol mercantilista, actúa como el principal promotor de este negocio, abandonando su obligación constitucional de garantizar el derecho a la cultura física para las mayorías. El artículo 4º de nuestra Carta Magna, que consagra este derecho, se convierte así en letra muerta ante la ausencia de una política pública que lo haga efectivo. El deporte, que debería ser un instrumento de liberación y desarrollo humano integral, se transforma en un privilegio de pocos y en un negocio para unos cuantos.
Ante este panorama de abandono institucional y mercantilización rampante, surge cada dos años un fenómeno que desafía todas las lógicas del sistema. En el municipio de Tecomatlán, Puebla, conocido como la “Atenas de la Mixteca”, surge la Espartaqueada Deportiva Nacional. Convocada por el Movimiento Antorchista Nacional, se presenta no como un evento más, sino como la muestra tangible de que otra forma de hacer deporte es posible y, con ella, otra sociedad.
Si la crisis del deporte es la consecuencia inevitable del modelo mercantilista, la Espartaqueada es la respuesta organizada de quienes se niegan a aceptar esa realidad como definitiva. Mientras el gobierno destina millones al espectáculo para unos cuantos, aquí son los propios participantes, organizados colectivamente, quienes financian y construyen el evento «basándose en sus propias fuerzas», mediante actividades económicas y de gestión popular.
Mientras el modelo oficial fomenta el individualismo y la competencia feroz por premios económicos, aquí se compite por el reconocimiento colectivo y la superación personal. Mientras el Estado abandona a los jóvenes a su suerte, aquí se les ofrece una trinchera de dignidad y esperanza.
En su vigésimo segunda edición, prevista para marzo de 2026, se espera la participación de alrededor de 30 mil deportistas de todo el país, desde los 10 años en adelante. Provenientes de los sectores más humildes de la sociedad, colonias populares, comunidades indígenas, pueblos marginados, estos atletas populares llenarán las canchas de Tecomatlán durante una semana, compitiendo en disciplinas que van del atletismo a la natación, del futbol al voleibol, del ajedrez al ciclismo.
Pero la Espartaqueada es mucho más que una competencia. Es una escuela de formación humana que rescata el espíritu original de los juegos griegos: la competencia como un mecanismo para evaluar y perfeccionar las habilidades, para fortalecer los lazos de hermandad y para liberar, aunque sea por un momento, a las clases trabajadoras de la explotación y la pobreza cotidiana. Es, en esencia, la semilla de la nueva sociedad que los mexicanos necesitan y merecen.
Una sociedad donde el deporte, la cultura y la educación integral no sean mercancías, sino derechos vivos y accesibles para todos, una sociedad donde el ser humano, y no la ganancia, esté en el centro de todas las decisiones. En las canchas de Tecomatlán, no solo se juega al baloncesto o al voleibol; se está construyendo, paso a paso, el país que queremos: más justo, más fraterno y profundamente humano.







