#Opinión // Y la justicia para las familias de migrantes ¿para cuándo?

abril 2, 2026

Por: Lenin Nelson Rosales Córdova

Salir a las calles de Chihuahua o Cd. Juárez y ver a cientos de migrantes, es algo ya cotidiano. Rostros cansados, con una historia que solo ellos saben pero que nos imaginamos. No es fácil salir de su casa, de su comunidad y mucho menos de su patria en busca de mejores condiciones de vida. Pero la realidad por la que atraviesan en busca de ese sueño es difícil, es un verdadero viacrucis que pagan sin tener culpa alguna.

El pasado 27 de marzo del presente años se cumplieron tres años de la noche del incendio en la estación migratoria de Ciudad Juárez, un suceso que no se olvida fácil. No solo por la imagen brutal de 40 personas que murieron encerradas, sin poder salir, sino por lo que vino después: el silencio, las explicaciones a medias, la sensación de que, para las autoridades, el tiempo basta para que todo se diluya. Han pasado tres años y la justicia sigue sin llegar de verdad a las familias. Esa es la herida que no cierra y desde la que hay que hablar de migración.

Porque lo ocurrido en Juárez no fue un hecho aislado, fue el reflejo más crudo de cómo se trata a quienes migran. Personas que ya venían huyendo de la pobreza, de la violencia o del abandono, terminaron atrapadas en un espacio que se suponía debía protegerlas. Y ni siquiera ahí estaban a salvo.

Hablar de migración sin hablar del sistema económico que la provoca es quedarse en la superficie. No es casual que tantas personas tengan que dejar su lugar de origen. Hay una lógica detrás: la de un modelo que concentra la riqueza en unos cuantos y deja a millones sin condiciones para vivir dignamente. Los recursos naturales se explotan sin medida, las economías locales se debilitan y, al final, quienes pagan el costo son siempre los mismos.

Estados Unidos aparece en este escenario no solo como destino, sino como parte del problema. Durante años ha influido en las condiciones económicas de muchos países, mientras al mismo tiempo levanta barreras para quienes buscan llegar a su territorio. Es una contradicción que se repite una y otra vez: se necesitan trabajadores, pero se les niegan derechos; se aprovecha su mano de obra, pero se les criminaliza.

Las caravanas migrantes que han crecido en los últimos años no surgieron de la nada. Son una respuesta colectiva a una realidad que ya no se puede sostener. Familias enteras caminando juntas, cuidándose entre ellas, tratando de avanzar en medio de peligros constantes. No es turismo, no es aventura. Es necesidad.

Y aun así, el camino está lleno de riesgos, secuestros, extorsiones, abusos. Y, como nos lo recordó de la peor manera el incendio en Ciudad Juárez, también la muerte en manos de instituciones que deberían garantizar seguridad. Lo más duro es que, pese a esa tragedia, poco ha cambiado. Las caravanas siguen pasando, los albergues se saturan, y los migrantes continúan expuestos a todo tipo de abusos.

Eso es lo que más indigna: que no haya consecuencias claras, que la justicia se alargue, que las responsabilidades se diluyan. Como si las vidas perdidas no fueran suficientes para provocar un cambio de fondo. Como si todo pudiera seguir igual y solo bastara con una disculpa pública.

Pero no, no es normal. No debería serlo. El pueblo migrante no es el problema, es el resultado de un sistema que empuja, que expulsa y luego se deslinda. Son personas que trabajan, que buscan salir adelante, que cargan con decisiones que nunca tomaron. Mientras tanto, hay quienes acumulan riqueza todos los días, beneficiándose de ese mismo sistema que condena a otros a dejarlo todo.

En Ciudad Juárez, en ese mismo lugar donde ocurrió el incendio, hoy siguen llegando migrantes. Siguen esperando, siguen intentando. Esa imagen lo dice todo: la tragedia no detuvo nada, porque las causas siguen intactas.

Por eso quise escribir sobre el tema, no solo para recordar sino también para exigir se haga justicia, se trate con humanismo a quienes atraviesan nuestro territorio, para que la política migrante sea efectiva. A tres años de lo ocurrido, no se puede hablar de justicia cumplida. Y mientras no se atienda el fondo del problema, seguirán repitiéndose historias como esa.

Hace falta mirar de frente lo que está pasando, entender que la migración no va a desaparecer mientras las condiciones que la provocan sigan ahí. Y también asumir que el cambio no va a venir solo.

Aquí, en Chihuahua, donde la frontera nos recuerda todos los días esta realidad, no podemos ser indiferentes, hace falta organización, hace falta conciencia, hace falta cuestionar el modelo en el que vivimos. No para quedarnos en la queja, sino para buscar algo distinto.

Porque al final, detrás de cada migrante hay una historia, una familia, una razón. Y ninguna de ellas debería terminar en una tragedia como la de Ciudad Juárez. Ni aquí, ni en ningún lado.