#Opinión // Una advertencia para los pueblos

julio 10, 2026

Por: Pedro Pérez Gómez

En los últimos años, América Latina ha vuelto a convertirse en escenario de una intensa disputa política. Después de una etapa en la que varios gobiernos se identificaron con la izquierda o con proyectos progresistas, hoy observamos el ascenso de fuerzas de ultraderecha en distintos países de la región. Algunos analistas presentan este fenómeno como una simple alternancia democrática; sin embargo, detrás de estos cambios existe una lucha de clases en la que el gran capital y el imperialismo estadounidense buscan recuperar el control absoluto de un continente rico en recursos naturales y con un enorme potencial económico.

Los triunfos de candidatos de derecha en países como Argentina, Perú y Colombia, así como el fortalecimiento de grupos conservadores en otras naciones latinoamericanas, no son hechos aislados. Forman parte de una estrategia impulsada por las élites económicas nacionales e internacionales para frenar cualquier intento de transformación social que afecte sus privilegios. Estados Unidos, fiel a su histórica política intervencionista, continúa considerando a América Latina como su zona de influencia y utiliza todos los recursos políticos, económicos y diplomáticos para garantizar gobiernos afines a sus intereses.

Pero sería un grave error atribuir toda la responsabilidad al imperialismo. También es necesario reconocer que muchos gobiernos que llegaron al poder en nombre del pueblo terminaron administrando el mismo modelo económico que prometieron cambiar. En lugar de enfrentar la enorme concentración de la riqueza, combatir los privilegios de los grandes monopolios y organizar al pueblo para defender sus conquistas, optaron por políticas de conciliación que dejaron intactas las estructuras de explotación y desigualdad.

La consecuencia fue inevitable. Millones de trabajadores, campesinos, estudiantes y pequeños comerciantes comenzaron a perder la confianza en quienes prometieron transformar sus condiciones de vida. Cuando las necesidades fundamentales permanecen sin resolverse, la derecha encuentra terreno fértil para presentarse como una falsa alternativa, aunque históricamente haya gobernado en beneficio de los grupos empresariales y financieros que concentran la riqueza mientras millones sobreviven en condiciones de pobreza.

Otro factor que explica este retroceso es la falta de organización política de las masas. Ninguna transformación profunda puede sostenerse únicamente desde las instituciones del Estado. Sin un pueblo consciente, educado políticamente y organizado para defender sus intereses, cualquier avance puede desaparecer con el cambio de un gobierno. La historia demuestra que los derechos conquistados solo permanecen cuando existe una fuerza social capaz de defenderlos.

Las divisiones internas también han debilitado a muchos movimientos progresistas. La ausencia de unidad ideológica y de una dirección firme ha provocado fracturas que terminaron favoreciendo a la derecha. Mientras los sectores populares se dispersan, los grandes grupos económicos actúan coordinadamente para preservar sus privilegios y mantener intacto un sistema que genera pobreza para millones y riqueza para unos cuantos.

México no está exento de esta realidad. Morena llegó al poder con el respaldo de millones de ciudadanos cansados de décadas de corrupción, desigualdad y abandono. Sin embargo, los problemas fundamentales del pueblo siguen presentes. La inseguridad continúa cobrando miles de vidas, el acceso a la salud enfrenta enormes deficiencias, los salarios resultan insuficientes para cubrir las necesidades básicas y millones de familias todavía carecen de una vivienda digna. Si estas demandas no encuentran soluciones de fondo, el descontento social puede ser aprovechado por los grupos conservadores que esperan pacientemente una nueva oportunidad para regresar al poder.

La historia latinoamericana enseña que los pueblos solo avanzan cuando construyen organizaciones fuertes, disciplinadas y comprometidas con sus intereses. No basta con ganar elecciones; es indispensable formar conciencia política, fortalecer la unidad del pueblo y mantener una lucha permanente por una sociedad más justa, donde la riqueza producida por los trabajadores beneficie a quienes realmente la generan.

El ascenso de la ultraderecha representa una seria advertencia para toda América Latina. Pero también confirma que las causas profundas de la inconformidad social permanecen intactas. Mientras exista explotación, pobreza y desigualdad, seguirá vigente la necesidad de construir una verdadera alternativa popular. Esa tarea exige organización, claridad política y compromiso con las grandes mayorías. Solo así será posible conquistar una transformación profunda que garantice justicia social, soberanía nacional y un futuro digno para los pueblos de nuestra América.