#Opinión // La paz no peligra por accidente; la amenaza se llama imperialismo

julio 23, 2026

Por: Emilio Rubén Rosas Nieto

Mientras millones de personas luchan todos los días por conseguir un empleo digno, llevar comida a su mesa o sacar adelante a sus hijos, las principales potencias del mundo destinan cantidades jamás vistas a la fabricación de armas. Ésa debería ser una preocupación para cualquier mexicano. Sin embargo, los grandes medios de comunicación presentan los conflictos internacionales como simples diferencias entre gobiernos, ocultando la verdadera causa: la disputa por el control de la riqueza del planeta.

No se trata de una teoría ni de una exageración. Los hechos hablan por sí solos. El gasto militar mundial alcanzó en 2024 más de 2.7 billones de dólares, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), la cifra más alta registrada. Al mismo tiempo, las potencias nucleares continúan modernizando sus arsenales mientras la pobreza, el hambre y la desigualdad siguen afectando a millones de seres humanos. Queda claro que dinero sí existe; lo que falta es voluntad para ponerlo al servicio de los pueblos.

Durante la graduación de las instituciones de educación superior antorchistas en Tecomatlán, Puebla, el ingeniero Aquiles Córdova Morán explicó con claridad el origen de esta peligrosa situación. Detrás de los discursos sobre democracia, seguridad o defensa de la libertad se esconde una lucha feroz por controlar mercados, materias primas estratégicas y fuentes de energía. En otras palabras, el imperialismo necesita apropiarse de la riqueza de otros países para mantener funcionando un modelo económico que ya no puede sostenerse sin expandirse.

La historia demuestra que ninguna potencia renuncia voluntariamente a sus privilegios. Cuando sus intereses económicos están en riesgo, primero aparecen las presiones diplomáticas, las sanciones económicas y la injerencia política; si eso no basta, llega la guerra. Así ocurrió durante buena parte del siglo XX y así continúa ocurriendo en pleno siglo XXI.

Hoy esa disputa tiene como protagonistas principales a Estados Unidos y China. El acelerado crecimiento económico y tecnológico del gigante asiático ha modificado el equilibrio internacional. China produce una parte importante de los bienes manufacturados del mundo y domina el procesamiento de minerales indispensables para la industria moderna. Esa realidad ha provocado una reacción cada vez más agresiva por parte de Estados Unidos, decidido a conservar la hegemonía económica que ejerció durante décadas.

Los organismos internacionales también advierten que la competencia será aún mayor. La Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo y la Agencia Internacional de Energía coinciden en que minerales como el litio, el cobre, el níquel y el cobalto serán cada vez más demandados por la transición energética y el desarrollo tecnológico. Es decir, la lucha por controlar esos recursos apenas comienza.

¿Y qué tiene que ver todo esto con México? Mucho más de lo que algunos imaginan.

Nuestro país posee importantes recursos naturales, una posición geográfica estratégica y una economía profundamente vinculada al mercado internacional. Cuando las grandes potencias se enfrentan, los países dependientes resienten primero los efectos: inflación, incertidumbre económica, menor inversión productiva y deterioro de las condiciones de vida de la población trabajadora. Siempre ocurre lo mismo: las ganancias quedan en pocas manos y las consecuencias recaen sobre quienes viven de su trabajo.

Por eso resulta preocupante que muchos mexicanos permanezcan indiferentes ante estos acontecimientos. Se nos ha hecho creer que la política internacional sólo compete a los gobiernos o a los especialistas, cuando en realidad influye directamente en el precio de los alimentos, en los combustibles, en el empleo y hasta en las posibilidades de desarrollo de las futuras generaciones.

Aquiles Córdova Morán recordó una verdad que el sistema intenta ocultar: la riqueza del mundo la producen los trabajadores. Sin campesinos no hay alimentos; sin obreros no hay fábricas; sin maestros no hay educación; sin médicos no hay salud; sin el esfuerzo cotidiano del pueblo ninguna economía podría funcionar. Sin embargo, quienes producen toda esa riqueza son precisamente quienes menos disfrutan de sus beneficios.

Ése es el fondo del problema. Mientras la economía siga organizada para beneficiar a una minoría privilegiada, las guerras seguirán apareciendo como un mecanismo para defender intereses económicos. La paz verdadera no podrá construirse mientras persistan las enormes desigualdades que genera el capitalismo en su fase imperialista.

Frente a esta realidad no basta con indignarse ni con esperar que los gobernantes resuelvan el problema. La historia demuestra que sólo un pueblo informado, organizado y consciente puede defender su soberanía, impedir que los intereses extranjeros decidan el destino de la nación y construir una sociedad donde la riqueza beneficie a quienes la producen.

Hoy más que nunca, México necesita ciudadanos capaces de mirar más allá de los titulares y comprender las causas profundas de los conflictos internacionales. Porque la paz no está amenazada por casualidad; está amenazada por un sistema económico que convierte la ambición en política de Estado. Y sólo los pueblos organizados podrán impedir que esa ambición arrastre nuevamente a la humanidad hacia una tragedia de proporciones incalculables.